Atrevimientos

Carta a Fernando del Paso

Estimado don Fernando:

He asistido a varias ceremonias en que la Universidad de Guadalajara entrega el título de Doctor Honoris Causa. Siempre suelen ser muy instructivas, pero en la suya aprendí más de lo que esperaba. Quise escribirle esta apresurada carta para que lo sepa y para agradecerle su mensaje, tan claro y bien escrito, en el que nos mostró una buena parte de su vida. Y también porque nos dijo que usted, cuando se fue a vivir a Europa, al cabo de muchos años sin ver a Juan Rulfo, le escribió a su antiguo maestro y amigo la carta que jamás le escribió. En alguno de sus discursos usted confesó que padece de una especie de alergia a la correspondencia; así que comprenderé, con la mayor naturalidad, si no puede contestar esta misiva. 

Su mensaje fue un gesto de gratitud por todo lo que encontró en Guadalajara y lo feliz que ha sido en esta tierra. A mí me da mucho gusto eso porque debemos alegrarnos de que haya seres humanos que viven su vida de forma satisfactoria. Nos contó que la Universidad de Guadalajara es su cuarta universidad. Las otras han sido la UNAM, la de Iowa y la de Notre Dame, y en todas ellas tuvo experiencias formativas que resultaron cruciales para su trayectoria profesional; pero ha sido la nuestra a la que más años de su vida le ha dedicado y en donde encontró sentido a su vida de mexicano repatriado. Después de veintitrés años de estancia en Europa, usted sintió nostalgia por México. Tanto tiempo de extranjero le hizo valorar lo impecable y diamantino de nuestro país e ignorar lo corrupto y lo turbio (aunque seguro tenía presente que la república seguiría siendo un desastre). La oportunidad para el regreso vino cuando el entonces rector, Raúl Padilla, en una visita a París, tomó una gran decisión: invitarlo a dirigir la Biblioteca Iberoamericana Octavio Paz, que tenía poco tiempo de inaugurada.

En agosto de 1992 llegó a Guadalajara y aquí vivió unos años maravillosos al lado de sus hijos y nietos reencontrados. Subrayo este hecho, don Fernando, porque me llama la atención la importancia que tiene su familia para usted. Tuvo otro reencuentro menos convencional que, dicho sea de paso, no nos debería sorprender por tratarse de quien se trata. Era Rulfo, sí, el que lo esperaba otra vez, pero ya no en París sino en Jalisco, ¿en dónde más podría andar? Los detalles de sus conversaciones con él no nos los dijo en su discurso. Tal vez en otra ocasión nos pueda compartir algo de eso a los curiosos. Acaso ya se dio tiempo don Juan para contestarle su carta y usted la conserva cuidadosamente. En esto ha tenido algo que ver la Universidad de Guadalajara: en aquellos años de su llegada se estaba gestando el premio de literatura que llevaba el nombre de Rulfo, y usted ayudó a promoverlo en México y en varios países. Además, en el año 2007, usted obtuvo, con todo merecimiento, ese importante premio.

Otro literato lo esperaba en Guadalajara, pero éste, como dice usted, vivito y hablando. Sí que hablaba este hombre y con un talento muy peculiar. Era nada menos que Juan José Arreola, quien estaba de regreso también contratado por nuestra máxima casa de estudios. Nos contó usted que recogió sus innúmeras palabras (eso de innúmeras, lo digo yo) en un programa que llevaba por nombre “Memoria y Olvido - Vida de Juan José Arreola contada a Fernando del Paso”. Y nos dijo otra cosa que no quiero dejar mencionar aquí porque la frase es bella y afortunada: que en una ocasión, en Madrid, con su maestro y amigo presente, usted dijo que no había crecido a la sombra de Arreola, sino a su luz.

Dijo usted tantas cosas en su mensaje que es imposible referirme a todas en este corto espacio. Mencionó sus novelas, sus conferencias, sus exposiciones y la recuperación de su amistad con Octavio Paz, por ejemplo. Pero es indispensable recordar aquí que usted prometió, ahora que es doctor, dedicarse a “curar” “los múltiples padecimientos que sufren la historia, la literatura, y en pocas palabras el mundo de nuestros días junto con los jóvenes: los únicos seres humanos capaces de formar una sociedad nueva más justa y equilibrada”. No lo digo para preocuparlo, porque la promesa que usted hizo, en pleno paraninfo, es demasiado grande, sino para felicitarlo por el valor del propósito en ella contenido. Además, estoy de acuerdo en que son los jóvenes quienes pueden formar una mejor sociedad.

Lo exterior es reflejo de lo interior. Ningún logro verdadero se comprende sólo a partir de sí mismo, sino solamente poniéndolo en relación con la voluntad, la disciplina, el talento, la determinación, en una palabra, el espíritu que impulsa a una persona a actuar en el mundo. Todo esto se conoce con palabras, esas que, como usted dice, se componen de unas cuantas letras que forman el alfabeto. Después de todo lo que escuché el pasado jueves en el paraninfo, pude tener una idea más clara de quién es usted.

Le mando un saludo muy afectuoso.