Atrevimientos

Carmen Aristegui y el Corazón de León

El viernes pasado, al recibir el galardón Corazón de León que otorga la Federación de Estudiantes Universitarios de la Universidad de Guadalajara, Carmen Aristegui dijo que se había preguntado por qué le habrían de entregar esa distinción a ella: “… pues yo tengo un corazón de gatito”.

Nada más alejado de la realidad. Que el corazón de Aristegui es grande, generoso y valiente lo demuestra su trayectoria profesional. Nadie que tenga un mínimo de seriedad puede dejar de reconocer la aportación que ha hecho a la dignidad democrática del periodismo mexicano.

No puedo, en este espacio, hacer plena justicia al trabajo de Aristegui; su obra periodística es vasta y son muchos los años que ha dedicado a esta actividad. Sí puedo, sin embargo, destacar un hecho clave que quedó de manifiesto el viernes: Aristegui entiende al periodismo como una actividad libre, al servicio de la crítica, y dedicada a formar una opinión pública con capacidad de juicio. De ahí su profundidad y agudeza, cualidades que la distinguen de muchos de sus colegas. De ahí también que su trabajo, no pocas veces, genere incomodidad entre algunos poderes institucionales y fácticos, y hasta reacciones en su contra.

Una divisa ha distinguido su carrera: el compromiso de no utilizar su talento en otra cosa que no sea lo que le dicta su ética periodística. Por eso, Carmen transmite autenticidad y su ejemplo pesa; no nos deja indiferentes: nos entusiasma, nos obliga.

Así ocurrió el viernes pasado, al pronunciar un mensaje después de tener en sus manos la estatuilla que simboliza el premio Corazón de León. El Paraninfo estaba abarrotado y rebosante de simpatías. Sus palabras sólo se comprenden a cabalidad si se considera que Aristegui tuvo presente, en todo momento, un diagnóstico sombrío de la actualidad mexicana. Manifestó su gratitud porque el premio la estimula a seguir adelante, y también por atestiguar las muestras de solidaridad con las causas que defiende, a cargo del rector Tonatiuh Bravo Padilla y el dirigente estudiantil José Alberto Galarza.

Para Aristegui, México atraviesa por enormes complejidades y contradicciones. Ya de antemano, dio a entender, existían dudas sobre el verdadero talante de nuestra democracia, la cual sigue en construcción. Ahora, enfatizó, una aplanadora está aprobando reformas cuyas consecuencias profundas no se conocen. En cualquier caso, no sabemos, dice Carmen, hacia dónde nos conducen.

 Sus palabras comunican un sentido de urgencia: “Estamos en una efervescencia impresionante en términos informativos. Vemos una serie de decisiones que pasarán décadas para conocer sus repercusiones, como la reforma energética, con escasa o nula presencia de la ciudadanía. Podríamos preguntarnos dónde está la información y el debate de asuntos tan importantes. La tarea de los periodistas es de enorme importancia para no perder el ojo crítico, el interés y no dejarse aplastar por esta maquinaria en un proceso de instauración autoritaria”.

¿Es verdad lo que afirma Aristegui? En esta misma columna me he preguntado si la transición democrática ha llegado a su fin. Carmen señaló que las oposiciones en México están debilitadas y que, en este momento, no funcionan como un dispositivo democrático. Si no hay oposición, entonces, la aplanadora, por usar sus términos, tiene la vía libre y nos apabulla.

En su mínima expresión, el argumento de Aristegui es el siguiente: En esta hora de México, de manera apresurada, se están tomando decisiones históricas. Los ciudadanos, e incluso los legisladores, son los convidados de piedra a un banquete exclusivo para los sectores tecnocráticos del gobierno. A esto podría añadirse la tesis de que hoy en México se respeta la forma democrática, en su aspecto procedimental externo, pero no plenamente en su esencia profunda: No ha existido suficiente deliberación que conduzca a una verdadera legitimación democrática de las decisiones reformistas que ahora se están tomando.

De acuerdo con esto, entonces, es urgente que el gobierno federal siga el camino de debatir y argumentar, informar y convencer, con ideas y conocimientos fundados, sobre la pertinencia de sus políticas. Creo que aún estamos a tiempo.

Con todo, dice Aristegui, existe un México de pulsiones democráticas que busca imponer límites a este reformismo insuficientemente cuestionado. En esa lucha, naturalmente, entra en juego el periodismo libre, crítico y serio, que fuerce el debate y dé información a una ciudadanía comprometida con su destino. Ese es también el combate de Aristegui, cuyo ejemplo, estoy seguro, va a ser muy tomado en cuenta por muchos mexicanos.

A la salida del Paraninfo, desde el vestíbulo hasta el exterior, esperaba a Carmen Aristegui una valla humana, principalmente formada por mujeres quienes portaban pancartas alusivas a situaciones de injusticia y desapariciones de personas. Era la prueba viviente de ese México real del que ella se ocupa.

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