Atrevimientos

Carlos Monsiváis en la FIL

Ahora que está por comenzar la Feria Internacional del Libro (FIL) viene a mi mente la importancia de la lectura, la literatura y la cultura. Si consideramos el difícil contexto nacional que tenemos encima es inevitable pensar que debe haber alguna relación entre las carencias educativas de los mexicanos, por una parte, y las fallas cívicas de sociedad, gobierno y estado que nos resquebrajan, por la otra.

En 2006, al recibir el Premio FIL de Literatura, Carlos Monsiváis nos brindó una aguda reflexión sobre la crisis de la lectura y la cultura que padecemos. Para Monsiváis, el problema es que el encuentro con la literatura, el gusto por el buen cine, el acercamiento a la poesía, el conocimiento de la música clásica, y, añadiría yo, el cultivo de la alta sensibilidad cultural y espiritual, han pasado a un plano secundario. Ahora, dice Monsiváis, para demasiadas personas “la realidad” se compone de aquello que le ofrecen los medios y la industria del entretenimiento.

En su mensaje, Monsiváis parte de una nostalgia con aquello que hoy, cada vez más, se nos aparece, pienso yo, como una bella época perdida quizás para siempre. Dice: “Vislumbro la vida literaria en la geografía del Centro Histórico de la Ciudad de México. Aún se advierte la mitad de la Ciudad Letrada, que en México en la década de 1950 guarda las formas: los culturati se admiran y se aborrecen, los encuentros fortuitos se transforman en sesiones hasta el amanecer, el café y las librerías son actos rituales, los chistes se repiten tanto que amanecen instituciones, la malevolencia es una tarjeta de visita, las librerías de viejo son el arca abierta donde el que más ignora compra una gran novela, hay peregrinaciones para conocer escritores, el diálogo florece sin presentir que lo asesinará el celular o móvil, don Alfonso Reyes es la imagen del escritor profesional”.

Más adelante, Monsiváis precisa su análisis: “El mayor enemigo de la lectura no es el culto de las imágenes, ni el desdén por todo lo que envía a desenterrar un diccionario, ni siquiera la incomunicación entre los seres humanos... sino las catástrofes en la enseñanza pública y, quién lo dijera, privada, una demolición que vigorizan el desplome de las humanidades (si es que todavía se recuerdan)”.

Pienso que esta última frase puede ser la clave de nuestro agotamiento cultural; lo que está en el origen de que hayamos vivido los últimos sexenios sin sentido de lo que buscamos, sin rumbo y sin puerto; al día, sin guión ni convicción. Como si el significado de vivir en sociedad se redujera a salir al paso de nuestros problemas inmediatos, olvidándonos de ellos con ayuda de lo que nos ofrecen los medios de comunicación. Veamos.

“Al humanismo se lo expulsa en definitiva del currículum educativo en la década de 1970 al encargársele a la iconosfera (el imperio de las imágenes) la formación de las nuevas generaciones. No se le ve sentido a la brillantez verbal, y cada vez son menos los capaces de sentirla y admirarla, la gran mayoría renuncia a la lectura de poemas, y el asunto se agrava al decidirse -sin razonarlo y sin deliberarlo- que la literatura ya no es el punto de partida de la estructura del conocimiento, sino, francamente, un entretenimiento que no alcanzó el grado de los deberes escolares. Y el sitio antes central de la literatura lo ocupan las imágenes, al grado de que el ‘tiempo libre’ de la sociedad viene a ser lo que resta luego de ver partidos de futbol, telenovelas, reality shows, series televisivas, películas, lo que, además, ya no es ‘tiempo libre’ sino ‘obligación urbana’. ¿Tiene caso quejarse? Por supuesto que no, lo inevitable sucede aunque lo inevitable desemboque en la desarticulación de la sociedad”.

Las palabras de Monsiváis, dichas hace ocho años, resultaron proféticas. Hoy ya no es posible negar que asistimos a esa “desarticulación de la sociedad”. La realidad del México contemporáneo nos abruma en todo momento. Creo firmemente que detrás de nuestra caída en la barbarie, en el individualismo egoísta, en la corrupción y en el desprecio por los demás, en el irrespeto de la ley, en nuestra falta de tolerancia y decencia, en la desigualdad moral y material, está una oquedad que nos vacía y nos vuelve seres sin sentido de vivir con los demás: nuestra falta de educación en la cultura, nuestro desprecio por la formación en humanidades.

Por eso no debemos extrañarnos de que el común de los ciudadanos seamos profundamente inmaduros: no nos percatamos de que una sociedad se integra -se estabiliza y se vuelve próspera- sólo si aportamos nuestra participación consciente, solidaria, tolerante, pacífica y creadora de instituciones y prácticas cívicamente constructiva. Aclaro para evitar malentendidos: la palabra ciudadanos incluye también a los gobernantes.

Aquellas palabras de Monsiváis en la FIL de 2006 tienen más vigencia que nunca. Es necesario reivindicarlas restaurando el valor de las humanidades y la literatura. Hay que ser lectores.

 

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