Atrevimientos

Buenos ciudadanos

La escena se repite una y otra vez en nuestra ciudad: El gobierno rescata una zona pública; puede ser la construcción de una pequeña plazuela o un parque, o la rehabilitación de una unidad deportiva. Luego viene la inauguración con bombo y platillo, pero después, al pasar del tiempo, aparece descuidada, sucia, con jardines desatendidos y matorrales crecidos, además de que los habitantes no aparecen por ahí con la intensidad y frecuencia deseables.

Otro caso es el de los vendedores ambulantes. Cuando uno menos lo espera, se apoderan de cualquier zona de la ciudad e instalan sus carromatos o puestos permanentes. Como es obvio, obstaculizan el paso a los transeúntes y quitan espacios para estacionar los automóviles; además, producen basura y alteran la tranquilidad de los residentes. De paso, deterioran la imagen urbana y en ocasiones se convierten en enclaves de la delincuencia.

¿Y qué le parece cuando los malhechores se aposentan en su cuadra y usted se entera de que roban vehículos o a determinadas horas asaltan a las trabajadoras domésticas que terminan sus labores? La percepción de inseguridad llega a ser tan fuerte que si usted organiza una reunión en su casa, mejor les dice a sus amigos que se trasladen en Uber para evitarle el coraje de que le roben o dañen su automóvil. De caminar a cualquier hora del día o la noche ni hablemos: los que vivimos aquí sabemos que lo hacemos bajo nuestro propio riesgo; por eso, aunque vayamos a unas cuantas cuadras, preferimos el automóvil.

¿Le preocupa que le pase algo a su vehículo? Si es de carácter sosegado, tendrá la paciencia de responder positivamente la pregunta que un franelero le hará después de “ayudarlo” a encontrar espacio: “¿se lo cuidó?” (también puede ser que el franelero sea intimidante).  Por supuesto, usted tendrá que pagar su respectiva cuota. El usufructo privado del espacio público no es garantía de nada, pero cuando menos usted comprará un poco de tranquilidad.

Cambiemos de temas: ¿qué tal el aire que respiramos en el área metropolitana de Guadalajara, cuya baja calidad se ha convertido ya en una preocupación mayor? ¿O qué le parece si hablamos de los baches que ya no caben en las calles, tanto que parecen zonas minadas? Otro tópico: el destino de los árboles de Guadalajara, muchos de ellos amenazados por el muérdago. Y falta uno más, que preocupa a más de algún vecino: el uso desordenado del suelo urbano y la falta de respeto a las regulaciones: la cohabitación de ruidosos antros con zonas habitacionales, por ejemplo, o la falta de infraestructura para desahogar los drenajes de los nuevos edificios altos que están poblando la ciudad.

No pretendo agotar, ni con mucho, los temas que nos molestan a todos los ciudadanos. Lo único que quiero hacer es mostrar algunos asuntos que son el pan nuestro de cada día y que deberían provocar no sólo nuestra preocupación, sino nuestra acción y participación constante.

La clave de la democracia no son los partidos ni los gobiernos; tampoco las leyes ni la forma en que se distribuye la autoridad entre los poderes públicos. La clave son los ciudadanos, los habitantes de la urbe, los que pagan impuestos, trabajan, transitan, utilizan los espacios, en una palabra, los viven la ciudad y la hacen objeto de su cuidado o su indignación, cuando sea el caso.

No quiero decir que los gobiernos no sean importantes o que los partidos no importen, y mucho menos que las oficinas de los municipios no sean esenciales para la buena marcha de nuestra ciudad. Lo que quiero decir, en pocas palabras, es que sin ciudadanos activos, que se organicen y participen, que exijan y demanden acciones concretas de sus autoridades, jamás tendremos una democracia real y actuante.

Piense usted qué pasaría si la gran mayoría de residentes estuviéramos al pendiente de lo que pasa en nuestra cuadra, con las banquetas, con los ambulantes, con la policía, y así sucesivamente; si conversáramos entre nosotros y compartiéramos algo más que nuestras frustraciones, si nos dispusiéramos a cooperar y participar en los planes municipales, a hablar con las autoridades de lo que ocurre en nuestros barrios, si nos atreviéramos a opinar sobre lo que nos corresponde por derecho: el destino de nuestro entorno más inmediato.

Pero no lo hacemos porque creemos que los alcaldes deben ser súper hombres que se encarguen de todo, porque también creemos que todo nos lo merecemos y que los problemas se van a resolver solos. ¿Cuánto tiempo le dedicamos a los asuntos de nuestro barrio al año? No es casual que colonias bien organizadas, como la Chapalita, sean las que tienen mejores condiciones. Allí hay una tradición de participación y organización que se remonta hasta los años de su fundación. Ese ejemplo lo tendríamos que seguir los demás habitantes de la zona metropolitana. En realidad, de nosotros depende hacer algo. La clave, pues, es ser buenos ciudadanos y desde allí exigir que los políticos sean buenos gobernantes.