Atrevimientos

Atenas y Jerusalén: orígenes que pesan

Estos días de Semana Santa nos hacen recordar las tradiciones y su importancia. Es cierto que en nuestro tiempo todo, o casi todo, cambia a una velocidad de vértigo: el duende de las transformaciones se esconde en los teléfonos celulares, las computadoras y las Smart TV, por no hablar del reino de la moda, las costumbres y las preferencias morales, entre muchas otras cosas. Sin embargo, a pesar de que la tecnología nos procura una sensación de dominio sobre el mundo, no basta para resolver aspectos vitales que son verdaderamente importantes.

Hay cosas que permanecen y siguen definiendo lo que somos. Las ceremonias conmemorativas más importantes del cristianismo son un ejemplo de ello. No se necesita tener una fe muy vigorosa –si fuimos criados en una sociedad católica, por ejemplo- para reconocer el peso que tienen en nuestra psique los recuerdos de las representaciones de la Pasión, las homilías, los programas televisivos, las discusiones acerca del significado del juicio de Jesucristo, y un etcétera de evocaciones que están en alguna parte y de pronto ocupan nuestras mentes.

Hace algunos años asistí a una representación de la Pasión en Malpica, un pueblo en las cercanías de Concordia, Sinaloa. La experiencia valió la pena. Son expresiones ante las que no se puede permanecer al margen, es decir, sin sentir alguna suerte de empatía; esto es así incluso si se tiene una fe de baja intensidad o si uno pretende ser un individuo racional o de espíritu científico.

Lo que pude constatar es que el fervor de la gente es real. El sufrimiento de quien representa la figura de Cristo, por supuesto, también es real. No es cosa sencilla cargar desnudo un madero a pleno rayo del sol y caminar un trayecto considerable; tampoco es placentero llevar sobre la cabeza una corona de espinas hirientes para ser erguido atado a una cruz y permanecer allí durante un buen rato con los brazos extendidos. A veces los latigazos se propinan con tanta fuerza que hieren al “condenado”.

A eso hay que añadirle lo que pase por la mente de la persona. No nada más es su cuerpo lo que siente. Lo más seguro es que también viva momentos de angustia en lo profundo de su alma, su espíritu, o su ser, pues no sé muy bien cómo llamarle a esta dimensión interior del ser humano. También puede ocurrir, desde luego, que el “crucificado” experimente instantes de plenitud espiritual derivados del sentido religioso que conlleva tan importante acto. Supongo que el significado de todo ello es participar del sacrificio por el que atravesó el nazareno hace más dos mil años. Lo más probable es que se considere como una forma de redención propia.

El caso es que en celebraciones como esta se expresa un haz de sentimientos que durante siglos han formado parte de lo que integra la coherencia cultural y espiritual de las sociedades modeladas bajo el influjo de Occidente. Tengo para mí que son muchísimas las personas que aún hoy, en esta sociedad secularizada y orientada por intereses materiales, sostienen su día a día, y soportan sus dificultades, al amparo de sus creencias religiosas. Esas formas de enfrentar la vida no le pertenecen a ninguna institución ni a ninguna jerarquía. Son una realización colectiva de la humanidad, un rasgo de la condición humana, equivocado o no, que reclama también ser reconocido.

En el origen de la tradición cultural de Occidente hay dos ciudades clave: Atenas y Jerusalén. Ambas son cunas de la sabiduría. La primera fue la sede reconocida de la tradición griega, origen de la filosofía y los criterios estéticos, éticos y cognoscitivos sobre los que se sustenta una parte crucial de nuestra cosmovisión e instituciones. La búsqueda de explicaciones racionales del universo, la pretensión de construir la verdad como un juicio que se corresponde con el comportamiento de la realidad, la lucha por superar el error y ordenar bajo conceptos lógicos lo que observamos, son sus elementos constitutivos. Son distintos intentos de respuesta al asombro causado por el hecho de que existe algo en vez de nada.

Jerusalén representa otra cosa muy distinta. Para los antiguos judíos, el universo no es problema a explicar porque fue creado por Dios. La Biblia tiene que ver, más que con el asombro sobre lo que existe, con el temor a Dios. En todo caso, no se trata tanto de conocer racionalmente la realidad, sino de realizar el plan divino y hacer que el bien triunfe sobre el mal. Para los judíos, el error o la duda son menos importantes que la falta de fe. Adquirir sabiduría no es cuestión de estudio o análisis racional, sino de conversión y hacer caso de la llamada de Dios y sus mandamientos.

En todo esto sigo las tesis de Leo Strauss y Hauke Brunkhorst. Lo importante es que ambas perspectivas, la judeo-cristiana y la griega, son fundamentales para entendernos e interpretar nuestra relación con lo que hay en el universo y con el sentido de nuestra presencia en la Tierra.