Atrevimientos

Alimentar nuestra perplejidad

Como idea y discurso la revolución mexicana terminó de agotarse cuando llegó la transición democrática (a estas alturas, no sé si éste sea el calificativo más adecuado para el conjunto de cambios políticos vividos por México durante las dos últimas décadas). Nos quedamos sin cemento cívico, es decir, sin programa político y agenda de propósitos colectivos para dar legitimidad y eficacia al gobierno y sus acciones.

No es que las ideas asociadas con la revolución fueran muy respetadas, ni que tuvieran un gran respaldo en las realizaciones gubernamentales; por algo fueron barridas con tanta facilidad: bastaron dos sexenios de crisis –de Echeverría a López Portillo—para que el estado mexicano abandonara los fundamentos filosóficos de “los gobiernos emanados de la revolución”. Pero sí existió, entre los años treinta y setenta, un acoplamiento entre las ideas políticas, los afectos ciudadanos y los valores culturales imperantes, por un parte, y el modo de funcionamiento del estado y la gestión de la economía, por la otra.

El corporativismo, el sindicalismo y el populismo tenían su correlato en el proteccionismo económico y el intervencionismo del estado en la vida económica. Todos, o casi todos, cabían en el proyecto revolucionario. Los distintos sectores sociales recibían los beneficios de un sistema político que los incluía en mayor o menor medida y les arreglaba sus problemas.

El régimen reproducía su poder al obtener la lealtad de las mayorías y la obediencia de los actores reconocidos por el pacto revolucionario. Obtenía esos beneficios porque otorgaba certidumbre económica, seguridad pública y relativo bienestar social. Ello hacía creíble al nacionalismo revolucionario. Además, los valores culturales eran bastante homogéneos: México era una idea que nos hacía formar parte de la misma comunidad imaginada.

Ese mundo ya no existe. Las crisis económicas recurrentes y la incapacidad del estado para garantizar bienestar, certidumbre y crecimiento, mostraron el agotamiento del modelo. Luego de los fracasos de Echeverría y López Portillo, la solución encontrada por los jóvenes monetaristas post-keynesianos, encabezados por Miguel de la Madrid, fue privilegiar el realismo económico y la disciplina fiscal, por encima de las fórmulas anteriormente practicadas para atender los problemas sociales.

Para relanzar el crecimiento económico se consideró necesario reducir el tamaño del estado, erradicar sus sobrecargas y atenuar sus capacidades regulatorias. Privatizar, abrir fronteras y liberalizar mercados fueron los ejes de la nueva política. Se pensó que para elevar la productividad y crear riqueza bastaba con quitar trabas a las libertades económicas. La fórmula consistía en proteger la economía de la influencia de la política y las exigencias de la sociedad; idealmente, las necesidades de la gente común deberían satisfacerse a través del mercado y sin introducir distorsiones en su funcionamiento.

Ocurrió entonces una división. En una dirección avanzaron nuestros sueños de nación, nuestros nostálgicos sentimientos de pertenencia al mismo país y nuestros modos tradicionales de hacer vida pública. Y por otro camino, muy distinto, transitaron las formas de gestión de la economía, el trabajo y el consumo. Quienes dirigieron el cambio, se ocuparon de aislar las exigencias que vienen de la política hacia la economía y las demandas que los ciudadanos le hacen al estado. El resultado es que, desde entonces, México está más fracturado que nunca.

La separación de la economía y la política ha significado la ruina de las dos. Esa es la tragedia que comenzamos a vivir a mediados de los ochenta. La política no funciona porque no se acompaña de un estado fuerte y suficiente: capaz de ordenar la sociedad, regular el mercado, facilitar el crecimiento y distribuir el bienestar. Esa carencia le impide a la democracia que tenemos representar y realizar los intereses de las grandes mayorías.

La economía tampoco funciona porque está lejos de ser un entramado de instituciones, reglas y recursos, que integren al amplio conjunto de sectores que forman parte de la sociedad mexicana. Se rige sólo por el principio de ganancia para unos cuantos, pero no por los de productividad, inclusión, justicia y consumo a cargo de los más posibles y para los más posibles.

Y está la cultura, jalonada como nunca por imperativos contradictorios y centrífugos: el hedonismo y la falta de compromiso y responsabilidad, las exigencias de derechos para mayorías y minorías, la expresividad estética de sectores jóvenes y vanguardistas, la apatía cívica, el egoísmo y el desapego a nuestras tradiciones, las tendencias violentas de una franja social creciente, y las demandas de democracia y plena expansión de la ciudadanía de otros sectores.

Este incompleto recuento es sólo para mostrar las dificultades de nuestra situación y alimentar nuestra perplejidad.