Atrevimientos

Alfonso Cuarón aporta y Carlos Mota censura

Hace ocho días, Alfonso Cuarón, ganador de un Óscar por la dirección de la película Gravity, publicó una carta sobre la reforma energética dirigida al presidente de la República.

Después de agradecerle a Peña Nieto su felicitación por el premio recibido, Cuarón arremetió: “… el proceso legislativo y democrático de estas reformas fue pobre y careció de una discusión profunda, y la difusión de sus contenidos se dio en el contexto de una campaña propagandística que evadió el debate público. No estoy informado porque el gobierno que usted encabeza no ha compartido conmigo ––con nosotros, los mexicanos–– elementos indispensables para entender el alcance y el sentido de las reformas”.

La carta cuestiona los siguientes aspectos de la reforma: 1) El cuánto y el cuándo de la prometida reducción de tarifas de gas, gasolina y electricidad. 2) El cómo asegurarse de que las empresas petroleras no depreden ni deterioren el ambiente, y de que se impulse el uso de fuentes alternativas de energía. 3) La manera en que se combatirá la corrupción, la concentración monopólica, la irracionalidad en el gasto público, la ineficiencia de PEMEX, y la expansión de la burocracia. 4) Las medidas para proteger a la democracia de la influencia del dinero petrolero y para evitar nuevas crisis nacionales. Y 5) La estrategia para mantener constantes los recursos fiscales que el gobierno recibe de PEMEX, ya que el nuevo régimen eximirá a la paraestatal de entregar a Hacienda las cantidades que le tributaba en el pasado.

¿Cree usted que las dudas de Cuarón son razonables? El articulista Carlos Mota respondería que no. Al día siguiente de que apareció la carta de Cuarón, Mota escribió: “… que alguien que le indica a Sandra Bullock ‘muévete pa’ ca’, o que le dice que no le salieron suficientes lágrimas en cierta toma, cuestione con particular sesgo los beneficios de una reforma que ha sido aplaudida internacionalmente, es un ejercicio que deberíamos ir viendo menos en el país; y desafortunadamente lo estamos viendo cada día más”.

Debo corregir: Mota no analizó el contenido de los interrogantes de Cuarón, ni ofreció argumentos consistentes en su contra. En vez de criticar racionalmente el escepticismo presente en las preguntas de Cuarón, prefirió descalificarlo por no ser especialista. Incluso fue más allá y se refirió a otros casos similares de la siguiente manera:

“… la tentación de la gente del mundo de la cultura de opinar de políticas públicas es una de las enfermedades crónico degenerativas que se está afianzando en el país. Antes era Carlos Fuentes hablando de la supuesta ignorancia del entonces candidato Enrique Peña Nieto. Antes era el pintor Toledo hablando de Los Zetas; o Gael García criticando al sistema político y al PRI”.

Mota puede creer que Cuarón está prejuiciado contra las reformas, desinformado o equivocado. Además, tiene todo el derecho de apoyar las políticas del presidente Peña Nieto, aunque lo haría mejor si utilizara afirmaciones con sustento. Lo que resulta inadmisible es que defina como patológico el hábito de opinar sobre política por parte de personajes del ámbito cultural. ¿Quiénes, entonces, tienen licencia para opinar y cuestionar?

Mota tiene razón cuando deja entrever que los problemas públicos exigen conocimientos técnicos para su comprensión y solución; yerra, sin embargo, al no reconocer que esos problemas también son de índole moral y que las políticas para resolverlos deben legitimarse y ser creíbles ante los ojos de los ciudadanos. Los habitantes de un país no son un objeto pasivo de la política gubernamental; ésta debe ser clara y entendible para el sentido común de la gente. Si no, ¿cómo puede un gobierno esperar la participación y el respaldo popular para sus decisiones?

Diseñar políticas públicas no es lo mismo que construir un puente o alimentar animales. Cualquier curso de acción afecta intereses: siempre hay ganadores y perdedores, y no resulta fácil anticipar quiénes son los unos y los otros. Incluso las decisiones técnicas, como establecer medidas regulatorias, fideicomisos, o consejos evaluadores para el caso de la explotación petrolera, requieren, para ser exitosas, el compromiso del gobierno y la vigilancia de los ciudadanos.

Cualquiera que sepa un poco de políticas públicas sabe que no hay recetas que garanticen los resultados esperados, sino posibilidades abiertas a la creatividad y la contingencia. Por eso, todas las estrategias del gobierno deben debatirse; su deliberación pública puede ayudar a mejorarlas.

La intervención de Cuarón es un hecho positivo que se debe agradecer. El presidente ya respondió, y con argumentos. Habrá que discutirlos. Por lo pronto, el jueves pasado, la Conferencia del Episcopado Mexicano planteó cinco preguntas al ejecutivo sobre las diferentes reformas. Seguramente vendrá la respuesta y con ello más elementos para que los ciudadanos comprendan mejor lo que está en juego.