Atrevimientos

“Ah, look at all the lonely people”

“Ah, mira a toda la gente solitaria”. Así comienza una memorable canción que Los Beatles lanzaron al mundo en 1966 y dieron por nombre “Eleanor Rigby”. “Eleanor Rigby recoge el arroz en una iglesia donde se ha celebrado una boda. Vive en un sueño. Espera junto a la ventana, con una cara que guarda en una jarra junto a la puerta. ¿Para quién es? Toda la gente solitaria. ¿De dónde viene? ¿A dónde pertenece?”.

Se ha dicho que esta canción es un himno a la soledad, pero a mí me parece más un lamento, una denuncia de la condición íntima y existencial de los seres humanos. Las manifestaciones culturales populares no flotan en el aire ni son expresiones sin sentido. Aún las que parecen sólo orientadas a satisfacer el gusto de las masas tienen alguna conexión con la vida. Ésta es tan rica que todas sus manifestaciones revelan algún aspecto valioso.

Pero “Eleanor Rigby” no es cualquier producto cultural de masas: tiene una alta factura musical y filosófica. No es casual que se haya mantenido cuatro semanas consecutivas como la canción número uno de los éxitos ingleses, y que la revista Rolling Stone la haya considerado como la 137 entre las mejores 500 de la historia. Fue tanta la conexión de “Eleanor Rigby” con la situación espiritual de su tiempo que parece haber sido destinada a ser escrita por algún designio misterioso.

Cuentan que McCartney, cuando estaba componiendo la canción, visualizó a alguien recogiendo arroz en una boda. Para darle nombre se inspiró en una actriz inglesa llamada Eleanor Bron. El apellido no se le ocurrió inmediatamente, pues quería integrar un nombre peculiar. Un día lo encontró en Bristol cuando pasaba por una tienda de abarrotes llamada Rigby & Evens. El misterio surgió muchos años después: en 1981, alguien se percató de que en la Iglesia de St. Peter de Wooton, en Liverpool, el sitio en el que McCartney y Lennon se conocieron y se encontraron varias veces, hay una tumba en la que yacen los restos de una mujer llamada Eleanor Rigby.

Le preguntan a McCartney y dice que quizás alguna vez vio el nombre de la tumba pero nunca lo recordó. Sin embargo, añade que acaso lo relacionó de manera inconsciente cuando miró aquel rótulo de la tienda de Bristol. Es curioso que una estrofa de la canción haga alusión al hecho: “Eleanor Rigby murió en la iglesia y fue enterrada junto con su nombre. Nadie asistió. El padre McKenzie se limpia el polvo de las manos mientras se aleja de la tumba. Nadie se salvó. Toda la gente solitaria, ¿de dónde viene?”.

El padre McKenzie “escribe las palabras de un sermón que nadie oirá”. Está lejos de ser una coincidencia irrelevante que en 1964, en los Estados Unidos, Paul Simon y Art Garfunkel hayan grabado una canción con un contenido similar: Los sonidos del silencio. La letra habla de la misma terrible e inexplicable desconexión: “Y en la desnuda luz yo vi a diez mil personas, tal vez más. Gente conversando sin hablar, gente oyendo sin escuchar, gente escribiendo canciones que nunca comparten las voces. Y nadie se atrevía a romper el sonido del silencio. Tontos, les dije. Ustedes no saben que el silencio crece como un cáncer. Escuchen las palabras que podría enseñarles. Tomen mis brazos que podría extenderles, pero mis palabras cayeron como silenciosas gotas de lluvia, y resonaron en los pozos del silencio. Y la gente se inclinó y rezó al Dios de neón que habían construido”.

La soledad como ignorancia de los demás, como desprendimiento del individuo con respecto a un cosmos del que ya no se siente parte, es un tema que se instaló con particular fuerza hacia la segunda posguerra, en pleno corazón del siglo veinte.

No me parece casual que en esos años el sociólogo americano David Riesman haya escrito un libro que dejó huella como un clásico americano: La muchedumbre solitaria, ni que Octavio Paz haya publicado El laberinto de la soledad. Tampoco que por las mismas fechas el filósofo americano William Barrett haya escrito El hombre irracional, libro en el que recoge para el público no europeo los principales rasgos del pensamiento existencialista.

No sólo creo que hoy seguimos viviendo en aquella misma época, sino que nos hemos internado aún más en el sendero de la soledad. El Dios de neón ha multiplicado sus formas y hoy nos ofrece innumerables ocasiones para rendirle tributo. Es casi imposible resistirlo. La potencia con que reclama nuestra atención vacía nuestras almas. Por eso, en vez de escuchar al otro y tratar de comprenderlo, preferimos hablar sin interrupción y sin decir nada esencial.

Nos aterra ir en busca del conocimiento que nos revele quiénes somos en realidad y qué sentido tiene nuestra vida. Nos parece más llevadera una vida distraída, evadida en la satisfacción de nuestros sentidos exteriores, que osar penetrar en la raíz de nuestra existencia. Si lo hiciéramos sólo un poco, tal vez conversaríamos con más frecuencia con los demás y nos daríamos cuenta de que ellos son un espejo indispensable para ser y estar en el mundo. Estaríamos menos solos.