Atrevimientos

Aguilar Camín y Krauze: criticar la democracia mexicana

Dos ensayos recientes, de Krauze y Aguilar Camín, han llamado mi atención porque se proponen hacer un juicio a la democracia mexicana. El de Aguilar fue publicado en el número de abril de Nexos y se titula “Nocturno de la democracia mexicana”; el de Krauze acaba de aparecer en mayo, en Letras Libres, y su nombre sintetiza el sentimiento que nos invade: “Desaliento de México”.

No son, en modo alguno, los únicos trabajos que se plantean tal propósito de crítica: desde hace mucho tiempo se ha dejado escuchar el desencanto ante la oscuridad que cubre a nuestro régimen. Sin embargo, por el prestigio de sus autores y por lo que ambos representaron en la transición democrática nacional, anuncian una nueva época: el tiempo de cuestionar lo que no resultó como se pensaba, la legitimidad y la eficacia de un sistema político sobre el que depositamos demasiadas esperanzas y que cada vez más se nos revela como una indefendible decepción.

Ambos autores reconocen el hecho: en unos cuantos años, entre el año 2000 y el presente, pasamos del entusiasmo a la insatisfacción; dejamos escapar la oportunidad de construir un nuevo sistema político que fuera capaz de responder a las ingentes necesidades de nuestra sociedad. En lugar de ello, vivimos circunstancias inéditas desde los tiempos de la Revolución de 1910: violencia, impunidad, inseguridad, cientos de miles de asesinatos, desapariciones e ineficacia del Estado para controlar el territorio nacional. Al lado de ello, la condición que lo pervierte todo: la corrupción de la política y los políticos.

La experiencia es un ave que levanta el vuelo cuando ha llegado la noche. Si hace quince o veinte años hubiéramos sabido lo que nos esperaba, seguramente los intelectuales y los políticos, los líderes sociales y los dirigentes empresariales, habrían procurado un mejor diseño de las instituciones de la entonces naciente democracia. No fue así y nos lanzamos a una aventura improvisada, sin el equipamiento teórico para construir un nuevo acuerdo fundamental entre la sociedad, la economía y el Estado.

Pero no pidamos tanto, pues a pesar de que algunos actores políticos sugirieron la necesidad de promulgar una nueva Constitución Política o, por lo menos, una reforma del Estado profunda, sus propósitos fueron completamente desoídos por los partidos políticos. Consideremos aspectos institucionales relacionados con el funcionamiento cotidiano del gobierno, las elecciones y los distintos poderes. En esto último, precisamente, pone énfasis el texto de Aguilar Camín. Sintetizo, sin hacer plena justicia a su análisis, algunos de los aspectos centrales de su argumento:

Jamás tuvimos en cuenta que la democracia no se reduce a elecciones equitativas entre distintos partidos políticos, y que debe acompañarse con virtudes cívicas de los ciudadanos y los gobernantes. Nos olvidamos de implantar eficaces sistemas de fiscalización para evitar que surgieran gobernadores tiránicos, despilfarradores y corruptos, apoyados en la connivencia de sus respectivos congresos. Tampoco tuvimos la precaución de evitar la fragmentación de las mayorías parlamentarias y el debilitamiento correspondiente del ejecutivo federal. Por si fuera poco, no dotamos a la estructura del nuevo estado democrático con un servicio civil de carrera que favoreciera una toma de decisiones más racional y eficiente. Además, no le cerramos la llave al flujo de dinero a los partidos en campaña desde los gobiernos, los contratistas y los poderes fácticos.

¿Cómo íbamos a tener una democracia de buenos gobiernos con estas condiciones? Es cierto que la historia es contingente y también que la democracia es delicada, pero pecamos de inocentes porque no extrajimos las lecciones históricas de otras sociedades. El liberalismo suele ser simplista: asume que basta con levantar las restricciones a la libertad de competencia para inducir conductas virtuosas entre los ciudadanos; no reconoce que es necesario regular la lucha por el poder, fiscalizar su ejercicio y comprometer moralmente sus desempeños. Un sistema político también se compone de tradiciones, valores y promesas mutuas entre gobernantes y gobernados; a ello hay que agregar un sistema legal sólido y una sociedad civil influyente y con disposición a movilizarse. Esto no se construye de la noche a la mañana.

En el escrito de Krauze observo una incomodidad: parece decirles a los jóvenes de ahora que, a pesar de todo, la democracia que tenemos es mejor que el viejo sistema político priista. Pienso que se trata una falsa disyuntiva. Criticar el presente no implica querer regresar al pasado. Más aún: hacerlo ayuda a descalificar a los que buscan persuadirnos de que lo que se impuso ayer es lo único que tenemos al alcance para resolver nuestros problemas. Creo que el pasado mexicano sigue sin dejarnos llegar al porvenir. Por eso, criticar el presente es también criticar el ayer.