Atrevimientos

"Adiós a los padres", el secreto de Aguilar Camín

Hace un tiempo más largo que corto, en este mismo diario, Héctor Aguilar Camín compartió sus impresiones de una lectura todavía sin terminar. Se trataba de un libro de ensayos alemanes, escrito por José María Pérez Gay, llamado La profecía de la memoria. Al amparo de aquel ejemplo de Aguilar Camín me he tomado una licencia semejante para contarle a usted sobre una novela suya que recién comencé a leer, y que me ha atrapado de tal manera que no he podido pensar en otra cosa para esta entrega. Por eso se la quiero recomendar.

Se trata, hasta donde sé, de la novela más reciente de Aguilar Camín. Fue publicada en 2014 bajo el sello editorial de Random House y tiene un nombre que impide la indiferencia: Adiós a los padres. Se refiere al trance que a todos nos aguarda, a querer o no, con consciencia o sin ella: el de la pérdida, el atestiguar en su máxima crudeza el inexorable deterioro de todas las cosas, incluyendo en ellas a los que aún son para nosotros y a los que aún somos para alguien.

El mérito esencial de la novela es no haber sido escrita para impresionar con una buena historia, una magnífica escritura y nada más. Su vocación es introspectiva: el autor explora su pasado familiar para confrontarse con sus propias carencias vitales y esclarecer la verdad de su origen y presente. El escrito surge de la necesidad.

Aguilar quiere desentrañar las circunstancias, los deseos y los pecados que hicieron la historia de los suyos. Pero no es un relato que se corresponda sólo con el marco vital de quien lo escribe. Adiós a los padres nos toca porque se ocupa de las tramas que a todos nos persiguen y cuyo recuento, transmitido siempre por los implicados, los padres, los abuelos u otros familiares, suele tener rasgaduras mal remendadas, a veces silenciadas, a veces ocultadas.

Reconstruir nuestro pasado tiene un sentido de reconciliación con lo vivido y lo no vivido. Estamos hechos de tiempo, de felicidad y dolor, de presencias y ausencias. La clave para que la reconstrucción alcance su cometido reconciliador es la honestidad: revelar los hechos desagradables es liberarse de la pena o la vergüenza, demostrarnos que hasta en los desencuentros y en el sufrimiento, en los vicios y las incoherencias, se despliega la dignidad de la vida. Revivir los acontecimientos dichosos es sentirse agradecido aunque el precio de hacerlo pueda ser una nostalgia intolerable.

El papá que se fue, la perdida ilusión del matrimonio de los padres, la imposibilidad de la abuela de regresar a la tierra del origen, Asturias, Cuba, Chetumal, el paulatino e inevitable paso de la madurez a la vejez y a lo que sigue, el viaje del nieto para recuperar la experiencia de los que llegaron de muy lejos… son algunos de los elementos con que comienza la novela.

Al final del primer capítulo, el autor sitúa con precisión filosófica y elevado alcance estético, el difícil territorio en el que se va a internar:

“En todas mis edades he pensado que los mayores guardan un secreto que no confiesan nunca a los menores. Muchas veces he pensado escribir una novela con este tema capital: el secreto que los viejos ocultan a los jóvenes. La conquista de ese secreto ha sido en algún sentido la pretensión de mi vida: un ansia de crecer, de dejar de ser el niño excluido del secreto de los mayores y de su soberanía envidiable sobre las cosas del mundo. Ahora que camino por el bosque pienso que el secreto es una obviedad, y que el cuidado puesto por los mayores en su custodia no es el fruto de un engaño, sino de una vergüenza, pues el secreto que guardan es tan obvio como que los años pasan en un parpadeo y al voltear no hay sino los años pasados y la mirada seca que los mira. La vida se va corriendo hacia su muro infranqueable, porque la vida es para morir. Éste es el secreto que los viejos aprenden poco a poco y no saben decir a quienes les siguen, o éstos no saben oír, por la sencilla razón de que eso ha de aprenderlo cada quien. Nadie aprende en muerte ajena”.

Aunque duela es mejor conocer y aquilatar el secreto que ignorarlo y despreciarlo. Su valor se demuestra en que se conspira para que no hagamos caso de él. Tengamos la fuerza para asumir, hasta las últimas consecuencias, nuestro propio adiós y el de los demás. Si lo hiciéramos seríamos más responsables de nuestro destino, cuidaríamos cada instante pasado con los nuestros. Nos atreveríamos a que no sea en vano este parpadeo en que se van los años.

No vivamos paralizados por el miedo de morir. No vivamos distraídos, incapaces de identificar por nosotros mismos aquello que queremos. Termino esta invitación con una cita que Aguilar hace de una fábula de Thornton Wilder en la que un hombre regresa a la tierra siendo joven, “pero llevando dentro de sí a dos seres: el que vive y el que observa. Ve a sus padres en un día normal y concluye que están muertos en vida porque son incapaces de ver el bien que tienen, y son incapaces de verlo porque la dicha de mirar continuamente ese bien, que es la vida, resulta insoportable para los hombres”.