Economía empática

El laberinto de la corrupción

El reciente informe de Transparencia Internacional sobre la percepción de corrupción nos enrostra nuevamente un problema demasiado conocido: los países latinoamericanos padecen los males de las prácticas corruptas que afectan no sólo al funcionamiento de la economía sino a la sociedad, haciendo que vivamos en escenarios de injusticias, desconfianza, inseguridad e incertidumbre. Y México no salió bien parado: ubicado en el lugar 95 de entre 168 países estudiados, figura en el puesto 11 en América Latina y en el último lugar de los miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE).

Que todos los años se repita la historia de la corrupción es una muestra clara de que estamos muy lejos de construir una economía justa que pueda revertir la pobreza o generar tan siquiera un espacio de mayor bienestar común. Sobre la base de la corrupción, tenemos como resultado un escenario de extrema desigualdad, en el que la riqueza se concentra en manos de pocos multimillonarios, mientras que más de la mitad de la población vive en condiciones de pobreza y precariedad. Hemos llegado a un sistema de privilegios y exclusiones, en donde se pueden torcer las reglas y comprar conciencias para que unos pocos obtengan pingües beneficios en detrimento de la mayoría. Y esto se nota en la función pública, en el sector privado, en el empleo y hasta en las instancias educativas en las que deberían prevenirnos contra los efectos nocivos de la deshonestidad.

Uno de los efectos más nocivos que tiene la corrupción es la pérdida de confianza en nuestras propias fuerzas. Se desconfía del que gana y del que emprende, del que se enrola en el servicio público y del que apuesta por el negocio propio: en un mundo en donde todo es relativo, en donde se compran y venden conciencias, y en donde por arte de magia emergen nuevos ricos en condiciones imposibles, hasta los honestos son sospechosos. Esto hace que en sociedades de poca confianza se resientan la inversión y el emprendimiento, la innovación y el crecimiento.

Tenemos mucho por hacer si queremos dejar el laberinto de la corrupción y trazar un camino diferente. Debemos aprender que no hay corrupción pequeña sino que todo destruye, corroe y lastima: desde el billete con el que se “agiliza” un trámite hasta la “mordida” para evitar el pago de una multa; desde la elección torcida de autoridades hasta el nombramiento de compadres, ahijados y cómplices en algún cargo público para el cual no tienen preparación.

Cuando entendamos que la corrupción nos roba la esperanza todos los días y que es causa de que tengamos calles en mal estado, hospitales sin medicamentos, escuelas que se caen a pedazos y una población que no puede acceder a condiciones mínimas que garanticen calidad de vida, entonces seguramente habremos dado un paso importante para cambiar el estado de cosas. Nuestro desafío pasa por una decisión individual que se vuelva colectiva.

 

Twitter: @hfarinaojeda