Economía empática

Más allá de las subas

El incremento en el precio de los combustibles representa un duro golpe a una de las fibras más sensibles en la economía mexicana: el poder adquisitivo. El ajuste encarecerá el costo de vida, ya que todos los productos y servicios afectados por el combustible sufrirán su efecto. Desde el transporte público hasta los productos de la canasta básica, sobre todo aquellos que implican una rápida y permanente distribución, como las frutas y las verduras, recibirán el golpe. Todo esto en un entorno en el que la mitad de la población vive en condición de pobreza. Y el impacto siempre acaba en el bolsillo del consumidor. Con la gasolina se detona uno de los peores escenarios: el incremento de los precios de los productos de consumo básico en tiempos de crisis, cuando no alcanzan el dinero ni el empleo. Subir el costo de vida en un contexto en que la pobreza no sólo no ha cedido sino que ha crecido, con los salarios más bajos de América Latina, y a sabiendas de que las proyecciones de generación de empleo y riqueza no son las mejores, equivale a profundizar la precariedad en la que viven millones de personas.El sinceramiento del precio de las gasolinas se ha hecho en diferentes países, como una necesidad de que los costos sean reales y no artificiales. El problema es que un consumidor empobrecido está indefenso ante cualquier suba, por lo que hay que buscar la manera de evitar que una espiral inflacionaria hunda más a los que ya sobreviven con mucho sacrificio. El problema de fondo no es el precio de la gasolina sino la precariedad en la que vive la gente, la pobreza, el atraso educativo y la marginación. La cuestión es que desde hace décadas se ha venido perdiendo el poder adquisitivo y por ello millones de personas no pueden satisfacer sus necesidades básicas. Y a ellos les pegará cualquier suba: ya sea del transporte público, de los alimentos, de los servicios o de lo que sea. Cuando vemos que los precios de la gasolina en países como Noruega son más elevados, ello debe ubicarse en su contexto: la pobreza es casi inexistente, la calidad de vida es una de las más altas del mundo, y si bien el pago de impuestos representa más del 60 por ciento de los ingresos de los trabajadores, con esa riqueza lo tienen todo asegurado: uno de los sistemas de salud más eficientes, educación de la mejor calidad, seguridad, infraestructura y todos los servicios que requieren para vivir bien. Los noruegos no sólo pagan muchos impuestos sino que están dispuestos a pagar más, ya que ven claramente los resultados.

En cambio, en sociedades en las que hay mucha pobreza y en donde siempre se termina pagando por la negligencia o la corrupción, incrementar precios o impuestos no garantiza que haya una mejoría para todos. La única manera de enfrentar los costos del mercado es recuperar el poder adquisitivo de la gente. Hay que multiplicar los esfuerzos en lo social con estrategias que incentiven los emprendimientos y los empleos, y que faciliten la educación y la salud que tanto necesita la gente.