Economía empática

Hacia otra economía

La historia es repetida y muy conocida: el crecimiento económico mexicano se está desacelerando, lo que indica que nuevamente estamos ante un freno a muchas de las expectativas: no habrá suficientes empleos ni ingresos, y -por supuesto- el sueño del milagro mexicano se pierde entre indicadores, la crisis griega y los pronósticos inciertos. Los analistas del sector privado, consultados en el mes de junio por el Banco de México, redujeron a 2.60 por ciento el pronóstico de crecimiento para 2015. A principios de año, había esperanzas de que la cifra supere el 4 por ciento, pero progresivamente el optimismo se fue cambiando por justificaciones, por culpas ajenas y por un pronóstico más realista. 

En un contexto de cambio permanente, la economía mexicana se muestra lenta y pesada, con escasa capacidad de reacción. La dependencia del petróleo y de las exportaciones a Estados Unidos, así como la lentitud en la inversión en tecnología, adquieren un carácter de lastre si pensamos en que la transición de la economía va hacia el conocimiento y los servicios, en tanto los viejos modelos dependientes de la fuerza de la mano de obra en el sector primario o de la proliferación de fábricas manufactureras están cada vez más agotados. De una economía agrícola hemos pasado a una industrial y ahora, a una del conocimiento, en la que la ciencia, la tecnología y la capacidad de innovar son fundamentales.

El sector terciario, el de servicios, concentra hoy las dos terceras partes de la riqueza que se produce en el mundo. Esto es un indicador claro de que no sólo los ingresos sino los empleos, las inversiones y las necesidades de formación van hacia el conocimiento, hacia los servicios, hacia una economía de la innovación. La pregunta de fondo que debemos hacernos es si ante esta transición estamos haciendo bien las tareas para ajustarnos a los cambios o si seguimos a expensas de ideas y modelos que se están agotando.

No sólo México sino todos los países de América Latina suelen llegar tarde a las transformaciones. Una prueba de ello es que todavía dependemos de una educación del siglo XIX que se encuentra muy lejos de las necesidades actuales de formar emprendedores e innovadores. Bajo un esquema en el que se espera un milagro dependiente de los precios del petróleo y se especula con la bonanza procedente de la economía vecina, es imposible pensar en que se logre salir de la situación cíclica de crecimiento insuficiente, empleos de poca calidad y mucha pobreza.

Si la economía va hacia el conocimiento y la innovación, no debemos quedarnos anclados en viejos modelos. La revolución a nivel mundial nos obliga a ser más emprendedores, más innovadores y más preparados. Estamos en una transición acelerada en la que no podemos darnos el lujo de esperar que los gobiernos tomen la iniciativa, sino que es la gente la que debe forzar el cambio. Con viejos esquemas no podemos esperar algo diferente a los viejos resultados. Nos urge una economía nueva, con nuevas ideas y nuevos proyectos.

 

Twitter: @hfarinaojeda