Economía empática

La confianza, un valor estratégico

La confianza es fundamental para el funcionamiento de la economía. Hace unos días, el Instituto Mexicano de Ejecutivos de Finanzas (IMEF) señaló que la renovada confianza de los empresarios en la economía nacional, luego de los buenos indicadores de crecimiento, deuda e inversión, podría ser el punto de reinicio de numerosos proyectos que se quedaron pendientes debido a la incertidumbre por la llegada de Donald Trump a la presidencia del vecino país. La mejoría en los pronósticos de crecimiento, así como la expansión que está mostrando el consumo interno y el leve repunte en la confianza de los consumidores son señales que dan tranquilidad a los empresarios.

Para tratarse de un año que inició con pronósticos muy poco favorables, con una suba de precios de los combustibles y su consecuente impacto en los productos de la canasta familiar, con la depreciación del peso frente al dólar, y con la amenaza vociferante de las medidas del presidente estadounidense, parece que la estabilidad y el viraje de las previsiones son relativamente buenos. Obviamente no se trata de una bonanza a festejar sino de un retorno a los momentos críticos previos a la crisis de coyuntura, es decir, a los mismos problemas de pobreza, desigualdad, insuficiencia de empleos y carencia de salarios de calidad, entre otros.

Sin embargo, resulta prometedor que haya un voto de confianza en la economía, sobre todo por parte de los sectores empresariales e inversionistas, aunque la construcción de la confianza es un proceso global y no sólo sectorizado, por lo que se requieren de todos los actores de la sociedad. Será difícil mantener la confianza de los consumidores si no se mejoran sus ingresos, se recupera su poder adquisitivo y se les da mayor poder en la toma de decisiones. No existe la posibilidad de confiar en el éxito de la economía sobre la base de la exclusión y de cifras escandalosas de pobreza.

Una de las formas de recuperar la confianza es la recuperación de lo público como sinónimo de accesible para todos y de calidad para todos. Cuando pensamos en los servicios públicos, en la salud pública o la educación pública y los relacionamos con la deficiencia, la mala calidad o con lo que “es para los pobres”, entonces no estamos frente a lo que se pretende para todos sino sólo para aquellos que no pueden pagar y deben conformarse con lo que hay. Y esto nos coloca frente a un sistema de privilegios en el que sabemos que el criterio de inclusión-exclusión se basa en el dinero, el poder político o en alguna forma de corrupción.

En sociedad excluyentes, con grandes desigualdades sociales, es difícil construir una confianza para todos. No puede lograrse una confianza sólida cuando los de mejores ingresos creen que les irá mejor, en tanto los pobres saben que les irá mal o peor. Mejorar la confianza implica oportunidades para la gente, que sienta que los empleos, los ingresos, los servicios y las opciones para mejorar la condición de vida están verdaderamente a su alcance y no sólo en los indicadores.

@hfarinaojeda