Economía empática

Otro año insuficiente

La percepción de los analistas económicos nos plantea un escenario demasiado conocido por todos: la economía mexicana no tendrá un crecimiento suficiente y ello representa otro año de no poder atender las necesidades largamente postergadas. De un crecimiento estimado en 2.44 por ciento, la previsión se redujo a 2.36 por ciento. En la misma semana, el gobernador del Banco de México, Agustín Cartens, advirtió que la economía enfrentará un entorno complicado en lo que resta del año, debido a la volatilidad en los mercados financieros internacionales. En otras palabras, lo único que se espera es cerrar el año sin mayores perjuicios pero a sabiendas de que no habrá el repunte esperado.

El resultado no es alentador. Para una economía que tiene más de 30 años sin poder crecer a tasas importantes y que requiere con urgencia de un dinamismo fuerte para combatir problemas endémicos como la pobreza, la precariedad y la ausencia de empleos de calidad, que pase otro año sin por lo menos haber roto la tendencia del avance mediocre es una mala noticia. Y es muy mala si pensamos en una sociedad dividida entre unos pocos que tienen mucho, algunos que tienen poco y millones que tienen lo mínimo o menos que eso. Si cuando hay un buen crecimiento es extraordinariamente complicado que la bonanza llegue a quienes más lo necesitan, imaginen que con tasas mínimas no sólo no llegan los beneficios sino que se incrementan los males.

Detrás de la volatilidad internacional, de las crisis externas que derivan en una depreciación del peso, de la reducción del precio del petróleo o de la interminablemente lenta recuperación de la economía norteamericana, México se resiente por la falta de competitividad, por la insuficiente formación de sus recursos humanos, por el escaso fomento al emprendimiento y la innovación, así como por la limitada inversión en ciencia y tecnología. Todos los años se repiten informes de organismos nacionales e internacionales que advierten sobre la mala calidad educativa, la falta de competitividad, la necesidad de innovar y la urgencia de poner un freno contundente a la corrupción. Pero todo se olvida pronto y luego hay sorpresa cuando la economía no mejora.

Debemos entender algo: no habrá milagro económico ni lluvia de riqueza si no revertimos la tendencia a vivir de lo coyuntural, de las bonanzas externas como las remesas, un buen precio o el poder del vecino. Hay que reinventar la economía, desde la planificación minuciosa del uso efectivo de los recursos hasta las previsiones de formación profesional para los empleos del futuro. Y algo fundamental es democratizar el acceso al mundo de las oportunidades, con educación la posibilidad de crear empleos sin esperar a que el viejo mercado laboral tenga vacantes.

El crecimiento que llega de fuera no tiene equidad distributiva y por ello nunca alcanzará para minimizar la pobreza o darle oportunidades a excluidos. Hay que forjar un crecimiento propio, de una vez por todas, para tener una economía nueva.

Twitter: @hfarinaojeda