Economía empática

Talento migrante y renovación económica   

Invertir en los talentos y en la producción científica es una de las grandes necesidades en la era del conocimiento. Y un problema actual que enfrenta la economía mexicana tiene que ver con las condiciones para retener a los talentos. De acuerdo al estudio denominado “Cómo transformar a México con Innovación”, realizado por la Unidad Académica de Estudios de Desarrollo de la Universidad Autónoma de Zacatecas, hay 1.2 millones de mexicanos con elevados niveles de preparación que viven en el extranjero: 900 mil tienen licenciatura y 300 mil poseen maestrías o doctorados. Lo grave es que el motivo principal de la emigración es la falta de oportunidades en el país, lo que implica carencia de empleos para investigadores, así como salarios muy bajos. 

Un dato referencial del problema lo dio el investigador Raúl Delgado Wise, quien dijo -en entrevista con La Jornada- que sólo en Estados Unidos viven 20 mil mexicanos con doctorado, lo que representa más o menos la misma cantidad de doctores con los que cuenta el Sistema Nacional de Investigadores (SNI), en tanto se estima que otros 10 mil mexicanos con doctorado viven en otros países. Las cifras confirman una tendencia de emigración de los que tienen elevada formación académica: hace cinco años, uno de cada cinco mexicanos con doctorado vivía en Estados Unidos. Y la situación, agravada por las limitaciones de empleos para profesionales especializados, sigue el mismo curso. 

Como en una de esas paradojas que viven nuestras economías -no sólo la mexicana sino las latinoamericanas-, necesitamos potenciar el desarrollo de nuestros talentos, pero no somos capaces de retenerlos porque no se generan las condiciones idóneas para ello. Nuestras economías requieren con urgencia una renovación de ideas y estrategias, pero los que tienen el conocimiento para hacerlo se van del país porque la misma economía no los emplea y les limita las opciones de explotar lo que saben. Ya no sorprende que nuestros científicos trabajen en la NASA, ganen premios o logren descubrimientos que cambien paradigmas, aunque deberíamos reflexionar sobre por qué tuvieron que irse para lograrlo. 

Hace más de 60 años Taiwán se convirtió en una potencia económica tras iniciar un proceso de repatriación de sus cerebros. Hoy, en un mundo globalizado, ya no deberíamos hablar de fuga sino de rotación de cerebros. Es decir, más allá de asumir que algo estamos haciendo mal para retener a nuestros talentos, deberíamos planificar la forma de incorporarlos desde donde estén, para que roten las ideas, el conocimiento y la experiencia. La fuerza científica ubicada en muchas de las mejores universidades del mundo debería servir para apalancar proyectos de investigación, de formación de nuevas generaciones y de desarrollo de innovaciones tecnológicas. 

El desafío es complicado y, como siempre, con aires paradójicos: que los que tuvieron que irse nos ayuden con su conocimiento para construir una economía en la que todos tengamos mejores opciones.