Economía empática

Percepciones de corrupción

Estancado y en mal sitio. Nuevamente, México aparece en el grupo de los países de mayor nivel de corrupción, de acuerdo al Índice de Percepción de la Corrupción 2014, realizado por Transparencia Internacional. Ubicado en la posición 103 de 175 países analizados (el uno es el menos corrupto y el 175 el más corrupto), se encuentra lejos de los países que son percibidos con menor corrupción y que ocupan los tres primeros sitios: Dinamarca, Nueva Zelanda y Finlandia. En América Latina, por encima de México se encuentran Chile y Uruguay (puesto 21), en tanto por detrás —es decir, con más niveles de corrupción— están Honduras, Nicaragua, Paraguay y Venezuela.

Este informe se realiza sobre la base de encuestas a diferentes instituciones, mediante las cuales se busca conocer la percepción que se tiene sobre el sector público de cada país. Nos dice cómo nos vemos, cómo percibimos la corrupción en cuanto a trámites, gestiones y administración de lo público. Y los resultados que se difunden todos los años nos muestran que la corrupción sigue carcomiendo a los gobiernos y sigue robando oportunidades a millones de latinoamericanos que se encuentran en situación de pobreza, precariedad y abandono.

En el caso mexicano, el informe advierte que se requieren cambios radicales en la estrategia anticorrupción, porque hay un estancamiento en la última década. La situación no es nada alentadora, pues conlleva una pérdida de credibilidad en las instituciones, la falta de confianza para las inversiones y los emprendimientos, así como termina limitando el crecimiento económico. No es casualidad que los países percibidos con menor corrupción sean los que tengan los niveles de calidad de vida más altos, los que tengan más estabilidad y menos pobres. Y no es casualidad que los más corruptos tengan elevados niveles de pobreza, injusticia, desigualdad y marginación.

Algo fundamental que debemos entender es que la corrupción no sólo tiene que ver con los grandes números y con el sector público, sino que afecta a todos los estratos de la sociedad: se manifiesta en la falta de empleos, en la precariedad, en las escuelas que no tienen aulas o en los hospitales sin medicamentos. Se nota en la falta de credibilidad en la justicia, en la inseguridad, en la pobreza educativa y en el sistema de compadrazgo y nepotismo que privilegia a los ineptos antes que a las personas preparadas. La corrupción es un mal culpable de miles de otros males, que carcome, empobrece, frustra y mata.

Definitivamente no basta con seguir enarbolando el discurso anticorrupción o creando comisiones o instancias financiadas para simular que se hace algo. Hay que mirar a los países exitosos para entender que la cuestión es cultural y que todo pasa por un cambio basado en la educación y la conciencia de la gente. Nos corresponde exigir transparencia, acabar con la impunidad y no tolerar la corrupción, ya sea minúscula o mayúscula. Nos corresponde recuperar la confianza y asumir el compromiso de no corromper ni dejarnos llevar por la corrupción ajena.

 

Twitter: @hfarinaojeda