Economía empática

Hogares pobres, futuro incierto

La caída de los ingresos en los hogares mexicanos es una advertencia seria para todo el funcionamiento de la economía. De 2012 a 2014, el ingreso promedio de los hogares se redujo en 3.5 por ciento, según datos de la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares que realiza el Inegi. Como metáfora de un país, lo curioso es que los datos contrastan con la postura oficial que habla de una sólida estabilidad macroeconómica y de la capacidad de hacerle frente a posibles efectos de la crisis griega. Como para entender el mundo de al revés, la economía se dice sólida al tiempo que los hogares empobrecen, en tanto los indicadores señalan una dirección contraria a la situación de la población.

Con más de 60 millones de personas en la pobreza, de las cuales 25 millones padecen pobreza alimentaria, la disminución de ingresos en los hogares, por más modesta que sea, representa un fracaso para toda la economía. Hace algunos meses el Banco Mundial fue agudo con un dato que presiona una herida que no cierra: la pobreza no ha disminuido en los últimos 20 años. Ni las inversiones ni las reformas ni los buenos números macroeconómicos han bastado para corregir la situación de precariedad de millones de hogares que sobreviven con ingresos insuficientes.

La escasez de recursos no solo pinta una realidad crítica para el presente sino que compromete seriamente el futuro económico. Mientras las familias de menores ingresos gastan el 60 por ciento de lo que perciben en alimentos y sólo destinan el 5 por ciento a educación, en los hogares más ricos destinan el 20 por ciento a educación y esparcimiento. Es decir, los hogares pobres apenas sobreviven y tienen poco margen para educar y construir un futuro de estabilidad económica, en tanto los hogares más ricos son los que tienen las mejores posibilidades al invertir en la formación de sus integrantes.

El desafío no es menor en este contexto: revertir la tendencia de empobrecimiento de los hogares y lograr que las familias tengan acceso a educación de calidad para construir oportunidades de mejores empleos, mejores ingresos y mayor calidad de vida. En América Latina hemos visto ejemplos de ayuda populista en forma de dádivas que apuntaban a soluciones momentáneas, en tanto se olvidaban las cuestiones de fondo. No sólo nos urge recuperar el ingreso digno para las familias, sino darles la esperanza de la educación, de la construcción de una carrera, de una especialidad, del conocimiento necesario para una economía globalizada.

Toda la política económica debería ser repensada sobre la base de corregir la situación de empobrecimiento de los hogares, pues ni los grandes indicadores ni los avances de ciertos sectores industriales servirán de mucho si no le devolvemos a la gente su poder adquisitivo y si no logramos minimizar las groseras diferencias sociales que separan a un país. Hay que invertir más en las familias, en su educación, en sus posibilidades de empleo, y menos en burocracia y en mantener programas que solo cuidan indicadores.

 

Twitter: @hfarinaojeda