Economía empática

Economía de palabras

Una de las grandes paradojas de nuestro tiempo es la pobreza del lenguaje encastrada en un mundo que se presume muy comunicado e informado como nunca antes. Mientras la economía es del conocimiento en un contexto en el que la tecnología, la comunicación y los servicios son preponderantes, resulta trágico que hoy tengamos niveles de pobreza del lenguaje que no solo escandalizarían a Cervantes sino que probablemente sean causa de que muchos jóvenes estén excluidos de incontables oportunidades laborales y condenados a vivir siempre al margen de cuestiones que no alcanzan a comprender. La pobreza del lenguaje, el escaso universo de palabras para comunicarnos y la pobreza educativa tienen una relación directa con la precariedad y la pobreza económica.

Hemos recibido muchas advertencias sobre el empobrecimiento del lenguaje y su impacto negativo en las sociedades. El legendario caricaturista argentino Roberto Fontanarrosa dijo, en un discurso en defensa de la lengua, que cuando más matices tenga uno con la palabra, más puede defenderse. Y por esto no es una casualidad que hace poco más de un año, el 90 por ciento de los jóvenes que se presentaron a una convocatoria en Paraguay no obtuvieron el empleo porque no supieron cómo presentarse. Es decir, no fueron contratados porque no pudieron explicar quiénes eran, qué sabían hacer y cuáles eran sus aspiraciones. Y el empleo era en ¡una empresa de ensamblaje de camiones!

Más que ante una pauperización del lenguaje, estamos en una crisis expresiva en la que gran parte de la población no utiliza más de 300 palabras en forma habitual para comunicarse, en tanto la lengua castellana tiene aproximadamente 300 mil términos. Y un lenguaje empobrecido limita la capacidad de comprensión, de análisis y de vincularnos con el mundo y sus oportunidades, precisamente en tiempos en los que el conocimiento, la creatividad y la innovación son la base de cualquier economía. El problema es tan serio que prestigiosas universidades como Harvard están preocupadas por la recuperación de la retórica, con la salvedad de que la economía de uno mismo, la economía de palabras y expresión, es indispensable para tener éxito en un mundo que premia las buenas ideas y proyectos, en tanto relega a quienes no saben cómo explicar lo que saben y quieren.

Detrás de la exclusión y la incomprensión, de la escasez de oportunidades y la precariedad, deberíamos señalar a la pobreza del lenguaje como una causa que debe ser corregida con urgencia. Los argentinos hasta hablan de “la tragedia educativa” -que es el título del libro de Guillermo Jaim Etcheverry, ex rector de la Universidad de Buenos Aires- cuando se refieren a la pérdida de la capacidad expresiva. Y efectivamente, en la era de la información es una tragedia tener un lenguaje acotado y sin matices.

Desde la educación debemos atender como prioridad la cuestión del lenguaje, porque una economía de pocas palabras equivale a pocas ideas, nula creatividad y poca innovación.

 

Twitter: @hfarinaojeda