Economía empática

Creatividad y trabajo colaborativo

En lo que parece una idea más excéntrica y lunática que de negocios, el millonario Jeff Bezos anunció hace poco sus planes de conquistar el espacio y llevarnos a conocer -literalmente- otros mundos. La preocupación por el futuro y la innovación de este emprendedor no es casual ni mucho menos producto de alguna alucinación. Más que ideas erráticas y visiones lejanas, una prueba de lo concretos que son sus planes es lo que logró con Amazon, cuando fusionó la venta de libros con las plataformas tecnológicas, con lo que pudo reinventar un modelo de negocios y demostrar que más que nuevos productos se requieren nuevas ideas y formas innovadoras. Es decir, la creatividad aplicada a la economía se ha convertido en una fuente de riqueza incalculable.

Al ejemplo de Bezos, podemos sumar muchos otros que han roto paradigmas: desde el inventor que pensó que no era suficiente una hoja impresa y plana, por lo que fabricó una impresora 3D que le permitiera “imprimir” las formas que quisiera, hasta el estudiante que abandonó Harvard y construyó una red para “juntar amigos”. O el caso de dos jóvenes universitarios que vieron venir el caos de la información en Internet y crearon un buscador que, a la larga, se convirtió en un capital mucho más valioso que la mayoría de las plataformas que ofrecen información. Y no olvidemos el caso de Jordi Muñoz, el mexicano que a partir de ideas pasó de ser un desempleado a uno de los empresarios innovadores más importantes del mundo en la industria de los drones comerciales.

La cuestión de fondo es que vivimos en tiempos de creatividad, en los que necesitamos -más que nunca antes- ser originales en nuestras ideas para reinventar los empleos, la economía, las oportunidades y hasta las expectativas a mediano y largo plazo. Y además de ser creativos, necesitamos más trabajo colaborativo, con ideas compartidas y mejoradas, más allá de la vieja escuela de la economía egoísta, de los cotos, monopolios o exclusiones. La tecnología puede ayudarnos a romper el sistema de privilegios para construir un modelo más equitativo y accesible.

Tenemos las ideas, tenemos creatividad y hasta tenemos ejemplos propios. Como Gastón Acurio, el cocinero peruano que hizo lo contrario a lo que se acostumbra: en lugar de guardarse sus mejores recetas para su propio negocio, las compartió con otros cocineros. Y, como resultado, entre todos crearon un movimiento y ubicaron a la comida peruana como una referencia gastronómica obligada a nivel mundial. Hoy la comida peruana es una marca de calidad y ha generado miles de empleos y miles de oportunidades que no hubieran existido sin una buena idea y un trabajo colaborativo.

La gran pregunta, más allá del factor tecnológico, es si realmente estamos dispuestos a cambiar nuestra concepción de lo económico con miras a hacer trabajo colaborativo, sin egoísmos ni exclusiones, buscando el beneficio colectivo antes que la ganancia personal a costa de otros. ¿Queremos? ¿Podemos?

 

@hfarinaojeda