El sueño Kennedy (2 de 2)

La corta presidencia de John F. Kennedy no fue nada fácil. Hizo muchos enemigos durante su mandato, sumándose a los que su familia ya tenía desde un principio. Su administración luchó contra las mafias de Chicago, a pesar de los vínculos que presuntamente la familia tenía; prometió limpiar y desmembrar a la CIA para acabar con viejos paradigmas, sobre todo el poder que habían adquirido los círculos de inteligencia; reafirmó la división con el mundo comunista, en especial con Cuba luego del fracaso de la invasión de la Bahía de Cochinos; desde un inicio, por el solo hecho de ser católico tuvo problemas con los grupos cristianos conservadores; se enfrentó con algunos de los magnates más importantes del petróleo, entre otras muchas vicisitudes.

Esto ha creado toda una industria de la teoría de la conspiración, en la que miles de escritores, académicos, políticos, investigadores y aficionados han puesto en la mesa de discusión un montón de hipótesis sobre el autor intelectual del asesinato de Kennedy. Casi nadie compra la teoría del asesino solitario, debido precisamente a los muchos intereses que JFK pisó antes y durante su presidencia. De hecho, más del 60% de los americanos rechazan la explicación oficial de lo que sucedió en Dallas en 1963.

Y sin embargo, después de su muerte, Kennedy sigue siendo uno de los presidentes más populares tanto entre demócratas como republicanos. Según un estudio de Gallup, el último porcentaje de aprobación de JFK durante su presidencia fue de 58%, comparado con el de hoy, que es de 83%, el más alto de los presidentes modernos en Estados Unidos. Desde luego que el asesinato aumenta los números, pero hay otros puntos también, si hablamos de los logros de su mandato.

Y es que además del empuje y la perseverancia en el tema de los derechos civiles, también dio el banderazo de salida para el programa que logró que el hombre llegara a la Luna; creó la ahora famosa organización Peacecorps, que ha enviado a miles de norteamericanos voluntarios a ayudar a los más necesitados en el mundo; ayudó a los estados con mayores índices de desempleo a través de una ley de desarrollo regional; y disminuyó la discriminación en muchos ámbitos de la vida nacional, entre otras cosas.

Pero al final es el glamour de los Kennedy el que más ha interesado a las masas. Estados Unidos tuvo por un momento una especie de familia real, unos reyes que prometían cambiar el rumbo del país, una monarquía efímera que se convirtió en un sueño posible y que les dio a los americanos y al mundo occidental dos cosas muy preciadas para la humanidad: entretenimiento y esperanza.

 

APUNTE RELIGARE. El sábado pasado se conmemoraron los 120 años del inicio del movimiento interreligioso. El Consejo para el Parlamento de las Religiones organizó una serie de conferencias en Chicago para celebrar el lanzamiento de una idea de Hans Küng que hoy genera mucho interés: “No puede haber paz en el mundo si no hay paz entre las religiones, y no puede haber paz entre las religiones si no hay diálogo interreligioso”. Para ello se hizo mucho énfasis en otra idea de Küng, muy ligada a la anterior: para que el diálogo surta efecto, se debe establecer una ética global, común a todas las tradiciones religiosas y filosóficas más importantes del mundo. Algo que el Dalai Lama, Desmond Tutu y otros líderes espirituales han impulsado, sabiendo que el común denominador ético de las principales tradiciones puede ser la brújula de un mundo mejor, sin pretensiones de perfección, pero sí más humano y con más cooperación y compasión.

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