La pasión de Crimea

¿Quiénes son los demás para juzgar a los crimeos que no quieren ser parte de Ucrania, y prefieren pertenecer al paraguas de Moscú?

Era lógico pensar que los habitantes de Crimea decidieran independizarse de Ucrania y adherirse a Rusia. La gran mayoría de los ciudadanos de la región son de origen ruso, las tradiciones y la cultura en general también lo son. Desde un punto de vista pasional no cabe duda, los crimeos son rusos. Pero en términos prácticos, esa pasión puede generar muchos problemas que en este momento muchos de quienes festejan la adhesión (ilegal, desde el punto de vista de la comunidad internacional) no están viendo.

El presidente de Rusia, Vladimir Putin, debe estar feliz con uno de sus logros más importantes de esta su segunda administración, ya que estar en Crimea y lograr que la península forme parte nuevamente de su país, pudiera ser el paso estratégico más inteligente de la historia reciente en esa región del mundo. Pero el paso de Crimea a Rusia implica obviamente muchos problemas técnicos y una provocación a Occidente, que pudiera convertirse en un espiral sin salida.

Desde el tema geográfico empiezan las dificultades. Y es que Crimea no tiene frontera con Rusia por tierra, por lo que la logística será complicada, sobre todo tomando en cuenta que Ucrania no será especialmente flexible para ayudar en el proceso, porque entre otras cosas Crimea sigue siendo jurisdicción de Kiev, desde el punto de vista de la ley internacional. Por otro lado está la cuestión del cambio de moneda, la alineación del horario con el de Moscú (2 horas adelante que Kiev en los meses de invierno), los movimientos militares, entre otras cosas.

Pero todo ello es lo de menos si pensamos que la pasión de los crimeos por volver a  Rusia (aprovechando la coyuntura del conflicto) está generando un verdadero remolino político internacional, que pudiera desestabilizar aún más la región, y que además podría frenar la ya de por sí lenta recuperación económica en Europa y Estados Unidos. Como siempre sucede en estos casos, el precedente que sientan de que una región que culturalmente sea distante del resto del país pueda independizarse, debe hacer sonar alarmas en varias partes del mundo (País Vasco, Cataluña, Tíbet, Taiwán, Québec, entre muchas otras). Esto aunado, desde luego, a las sanciones económicas que se impongan, y a una posible escalada militar. En Kiev ya lo ven como un conflicto militar, y han autorizado el uso de armas al ejército en Crimea.

Pero al final, la pasión de un pueblo suele ser muy fuerte, y de ahí se está valiendo Putin para su estrategia. ¿Quiénes son los demás para juzgar a los crimeos que no quieren ser parte de Ucrania, y prefieren pertenecer al paraguas de Moscú? ¿Quién podrá negarles que en realidad su visión del futuro está más a tono con Rusia, país al cual ya pertenecían? 

APUNTE RELIGARE. Otro conflicto grave, pero que ha sido relegado ante el tema de Crimea, es el de Siria, que desde 2011 ha provocado muerte, destrucción y muchos desplazados en campamentos de Turquía, Jordania, Líbano e Irak.  En la capital, Damasco, sólo hay recuerdos de una época en la que varias religiones convivían en armonía, en un lugar histórico y de gran relevancia cultural para todo el mundo. Pero en Siria desgraciadamente lo que sucedió fue la polarización, con esas dos visiones igualmente dañinas: la de la mano dura de Bashar Al Assad, laica pero sin libertades, y la de los fundamentalismos religiosos que intentan empatar el poder con el fanatismo sin sentido. El conflicto como quiera sigue, pero ojalá que regresaran a la época de la coexistencia, con orden, pero también con libertad.  

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