Mi abuela la malagueña y el día de las mujeres

Sabíamos que  era una buena mujer, pero no conocíamos hasta dónde llegaba su generosidad.

Le decíamos Nani, era de Málaga, España, y nunca perdió su acento andaluz, ni su actitud alegre, bromista, extrovertida. Su presencia en cualquier lugar se notaba, sus carcajadas se escuchaban en todas partes. La recuerdo incluso diciendo chistes durante la parte más grave de su enfermedad, la diabetes, que terminó por llevársela de este mundo el 9 de marzo de 1985. Se divertía mucho con nosotros, sus nietos, y ella nos daba muchas alegrías.

Mi abuela llegó a México, su segunda patria, para formar una familia con mi abuelo, y no pudo volver a su país más que un par de veces cuando mucho. Su entrada a México fue complicada porque en 1948 no había relaciones diplomáticas con la Madre Patria debido a las diferencias con el régimen de Franco, por lo que el proceso de naturalización y de obtención de residencia fue toda una odisea. Además, eran otros tiempos, en los que los viajes y la comunicación se dificultaban sobre todo si lo comparamos con la actualidad. El aislamiento se sentía mucho más.

No debió ser fácil para ella el choque cultural, el enfrentarse con una sociedad regiomontana, conservadora, elitista y machista. En España tampoco cantaban mal las rancheras en aquellas épocas, es cierto, y más tomando en cuenta las actitudes fascistas del régimen, pero esas eran las cartas con las que le tocó jugar en la vida, y aunque tuvo suerte en algunos aspectos, como el hecho de haber estado casada con un gran hombre reconocido en todo el mundo, mi abuelo, y que sus hijos estuvieron siempre con ella, aun así para una mujer extranjera, en una sociedad como la de Monterrey, no debió ser sencillo.

Algunas mujeres de aquella generación, al igual que mi abuela, aunque no vivieran los extremos de la violencia machista, sí tuvieron que soportar una estructura social difícil (que en algunos casos aún persiste). Pero también como ella, muchas lo hicieron con dignidad, con gran valor e integridad y con las herramientas con las que contaban entonces. Me ha sorprendido y me ha llenado de orgullo que en ocasiones algunas personas que no me conocen, pero que por el parecido familiar me identifican como el nieto, me hablan de lo generosa y lo empática que era doña Emilia Benítez de Basave. Sabíamos que era una buena mujer, pero no conocíamos hasta dónde llegaba su generosidad, de la cual nunca presumía ni pretendía que se notara.

De pronto en alguna tienda, o en algún banco, muchos años después de su muerte, empleados que tienen muchos años trabajando ahí, se acuerdan de ella: “Tu abuela hizo mucho por nosotros, nos escuchaba, atendía nuestros problemas, nos aconsejaba, estuvo siempre al pendiente”; “Doña Emilia era una gran señora, su presencia nos animaba y nos ayudó mucho en nuestra vida”; “debes sentirte orgulloso de tu abuela”. Y sí lo estoy, sin duda. Además porque nunca dejó de ser ella misma, porque aunque no fue una líder social, sí fue un gran ejemplo en su pequeño ámbito de influencia.

El lunes se cumplieron 30 años de su muerte, justo un día después del Día Internacional de la Mujer y de que se cumplieran 20 años de la Conferencia de Beijing sobre el tema de género. Buen momento para reconocerla a ella y a las mujeres de su generación.

APUNTE RELIGARE. Yo tenía 8 años cuando murió mi abuela y recuerdo muy bien la misa de cuerpo presente. La iglesia estaba llena, pero muchas de las personas que acudieron no las conocíamos. Luego supe que algunos eran precisamente esos empleados de tiendas, bancos, servicios. Esas personas que a lo largo de su vida fueron recibiendo los gestos de ayuda y empatía de mi abuela. Ahí presencié una muestra clara de la verdadera espiritualidad desinteresada.

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