¿Revolución o evolución?

Se suben a la crisis de seguridad para intentar desestabilizar al país, y lo único que logran es manchar la genuina voz de buena parte del pueblo mexicano que exige justicia.

Luego de las marchas del 20 de noviembre en varios puntos del país, se habla mucho de la participación ciudadana como medio para una nueva revolución pacífica que funja como un hito en el largo proceso hacia una democracia estable, justa y armónica. Desgraciadamente, y como lo hemos visto en estos días, los violentos de siempre, los grupos con intereses e ideologías particulares, se suben a la crisis de seguridad para intentar desestabilizar al país, y lo único que logran es manchar la genuina voz de buena parte del pueblo mexicano que exige justicia y que muestra su desesperación y frustración ante la corrupción en todas las dimensiones de la sociedad.

Pero a pesar del cáncer de la corrupción, del clima de inseguridad, de la deshonestidad política que se colude con el crimen organizado, y de los focos rojos en puntos específicos de nuestra geografía, existen avances en el ámbito democrático que no se pueden soslayar. Y es que pensar en una revolución que cambie todo es tirar a la basura lo logrado en las últimas décadas, en ese proceso lento pero que ha traído algunas ventajas. El hecho de que decenas de miles de personas hayan podido salir a la calle a demostrar su descontento sin que hubiera necesidad de utilizar las fuerzas del orden, salvo en casos de violencia, habla de que al menos las estructuras del Estado tienen la suficiente flexibilidad como para permitir la protesta, para que los ciudadanos tengan la oportunidad de expresarse en masa.

Construir con base en lo ya logrado, cambiando lo que no sirve y removiendo la raíz de los problemas culturales y sociales que tanto daño nos han hecho, es más evolucionar que revolucionar. Si el país permite que las mayorías expresen un sentimiento de frustración y el deseo de avanzar verdaderamente, significa que hay un camino establecido por la misma Constitución para que ello suceda. 

Dicho lo anterior, también hay quienes opinarían que se requiere de una especie de revolución para evolucionar con mayor rapidez. Y es probable, si entendemos revolución como un movimiento temporal para llamar la atención de manera generalizada a la mayoría de los ciudadanos para que ejerzan realmente como tales y que exijan al Estado y al Gobierno que garanticen la seguridad, estabilidad y el progreso. Pero una vez llamada la atención, la revolución termina, y la evolución, ahora acentuada, continúa. El problema es cuando la llamada de atención se intenta hacer con violencia, o cuando la revolución se hace pensando en eliminar un gobierno, en lugar de pensar en el problema de raíz, que somos todos.

APUNTE RELIGARE. Precisamente la solución de nuestros problemas como país pasa por una evolución de las conciencias. Un cambio en la actitud hacia el otro ayuda mucho a la hora de combatir la corrupción y de generar ambientes de empatía social, en los que la convivencia sea completa, y no partiendo de los intereses individualistas, sino teniendo siempre al bien común como brújula. Con el espíritu renovado es más fácil pensar en la forma de solucionar las cosas, en lugar de estar enfocados en denostar, atacar y destruir: las energías se concentran más en restaurar los tejidos sociales, en generar compasión en la política, que en el linchamiento sistemático. Que pague quien tenga que pagar, que rinda cuentas quien lo tenga que hacer, pero que eso no distraiga la atención de lo más importante que es un cambio en la actitud de todos los mexicanos, una forma menos egoísta de ver al país, y una manera más plena de vivir.

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