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El “pobresor” universitario

La mayoría de las universidades mexicanas -particularmente privadas- han viralizado tres nocivas tendencias educativas, a saber: 1) La asunción de la universidad como modelo de negocios y por ende, una concepción mercadológica de los procesos enseñanza-aprendizaje, 2) La producción de “líderes, emprendedores y tecnócratas” que se ofertan al mercado como simples productos de prestigio social y cuyo propósito, es reproducir el statu quo y garantizar la diferencia de clases y 3) La adoración del credencialismo, que junto con la obsesión por adquirir certificaciones insulsas, configuran el espectáculo educativo que proporciona al cliente lo que pida y al profesor lo que sobre.

Obviamente, el nivel de exigencias académicas de las instituciones de educación superior hacia sus profesores en ningún sentido es proporcional a sus salarios, derechos laborales, prestaciones y posibilidades de desarrollar un proyecto académico. Por el contrario, la reducción de costos, el servilismo laboral y un porvenir sin seguridad son las constantes. Las universidades demandan “buenos” profesores (Hativa, 2000 y Bain, 2004), pero no relacionan la idea de un profesor efectivo en términos de enseñanza con sus propias variables contextuales. Al respecto, Hargreaves (1999) ha insistido en plantear que la sobrecarga laboral de los profesores provoca invariablemente una disminución de la calidad del servicio, ya que recurren a atajos para ahorrar tiempo. Por su parte Lawn y Ozga (2004) han comparado el trabajo docente realizado en las universidades al trabajo ejecutado en fábricas y oficinas, pues terminan dedicando más tiempo a trabajos burocráticos y de documentación.

Adicionalmente, a medida que aumenta el control sobre las universidades, los profesores se consideran menos “profesionales”, sienten que se reduce la confianza en ellos, que se les controla con mayor frecuencia y que sus directores son incompetentes, rígidos, utilitaristas y autoritarios (Moreno, 2007). Y a pesar de ello muchos ingenuos se preguntan, ¿por qué los profesores universitarios tienen la percepción de que no se les trata bien y que las instituciones se han hecho codiciosas? (Knight, 2005).

Las universidades deberían representar un espacio seguro, acogedor y respetuoso que aprecie nuestra capacidad para influir positivamente en las vidas de otras personas. Tal vez debamos empezar por admitir que en buena parte de nuestras universidades, el ambiente institucional que reina no es precisamente el ideal y que miles de profesores enfrentan en la cotidianidad un estrés alienante, enfermedades ocupacionales que merman su existencia, sueldos indignos y un terrible abuso en las condiciones de contratación y permanencia que diluye su plan de vida y carrera y menos aún, garantice su productividad intelectual.

Mientras que la reforma educativa a nivel básico representó un intento fallido para privatizar a la educación pública; a nivel universitario la desarticulación es crónica. No se ha transitado del docente al académico-investigador, lo cual puede comprobarse indirectamente con la gran cantidad de profesores que las universidades contratan por asignaturas, para los cuales las políticas de ingreso, promoción y reconocimiento son prácticamente ilusorias.

Twitter: @HectorCerezoH