Día con día

Los santos y la guerra cristera

De los 31 santos mexicanos, 26 son cristeros. El último es José Sánchez del Río, Joselito, santificado por el papa Francisco el 16 de enero pasado y celebrado ayer en Michoacán.

En la Guerra Cristera hay todavía mucha tela santa de donde cortar. Dice Jean Meyer en La Cristiada que podría haber una lista de hasta de 250 “mártires verdaderos”, medidos según los criterios de “resignación, dificultades extremas de la resistencia, atrocidad de los sufrimientos, magnitud de la tentación, etc.” (vol. 3 p. 298).

Un criterio seguido por Roma en la elección de estos santos es que hayan padecido el martirio sin resistirlo, es decir, sin haber sido, desde su bando, parte activa de la violencia que los destruyó, exigiéndoles renunciar a su fe.

Hay algo que discutir históricamente sobre si personajes santificados como Miguel Pro, que facilitaba las acciones violentas de su hermano, o Anacleto González Flores, que dio la orden de rebelión general en 1927, cumplen con estos requisitos.

Y si el solo hecho de combatir con las armas en la mano no descalifica a la Cristiada toda como martirológica.

Las atrocidades cometidas en el curso de una guerra, como el sacrificio de no combatientes, son consustanciales a la plaga de la guerra, no al martirio.

Martirio es el padecimiento voluntario de la muerte en defensa de la fe, cosa que la Guerra Cristera en su conjunto estuvo lejos de ser.

Según las cuentas de Jean Meyer, esa guerra produjo entre 70 mil y 85 mil muertos, una media de 2 mil muertos mensuales, de los cuales al menos una tercera parte fue de anticristeros.

Una guerra desigual, pero una guerra. La diferencia esencial es que unos morían en el alivio  espiritual de su fe, y los otros morían sin creer bien a bien en nada, por disciplina política o militar.

Vista sin el velo religioso que a la vez la santifica, la justifica y la encubre, la verdad no hay nada terrenal que celebrar en aquella guerra cruel, estúpida y fratricida, como todas las guerras.

La noción de santidad le viene mal a esta guerra productora de santos.

 

hector.aguilarcamin@milenio.com