Día con día

La salida de Murillo

La salida de Jesús Murillo Karam de la Procuraduría General de la República me ha hecho recordar la de Luis Carlos Ugalde del IFE.

Como presidente del IFE, a Ugalde le tocó manejar en 2006 la escena temida de la institución: un triunfo del candidato oficial por solo medio punto de ventaja.

El IFE del 2006 aguantó la acusación de fraude, abrió urnas, recontó votos y entregó un expediente de la elección que el tribunal respectivo encontró impenetrable.

Pasada la tormenta, el gobierno y la oposición consagrados por aquellas elecciones decidieron rehacer al IFE, deslegitimar su propia elección.

En vez sostener a los árbitros, dada la fortaleza institucional mostrada, los echaron de sus puestos, dejando la institución vulnerable para siempre a los humores y las querellas de los partidos.

La salida de Murillo Karam se da cuando la PGR acaba de pasar una prueba de fuego como agencia investigadora y procuradora de justicia.

Murillo y la PGR aclararon en todas sus fases el asesinato de los 43 normalistas de Ayotzinapa, calcinados en un basurero de Cocula. No solo eso: detuvieron prácticamente a todos los culpables del hecho.

Es el primer escándalo criminal de altas implicaciones políticas que la autoridad aclara en medio siglo. No sucedió esto ni con el 2 de octubre del 68, ni con el 10 de junio de 71, ni con la guerra sucia de los 70, ni con la matanza de Aguas Blancas de 95, ni con la de Acteal del 97, ni con la de los 72 migrantes de Tamaulipas en 2010, ni con los 22 mil desaparecidos de los últimos años.

Lo siguiente que supimos de Murillo es que deja la PGR. El primer impulso de la opinión pública es decir que su permanencia en el puesto es insostenible políticamente. Justo después haber mostrado la mayor fortaleza y eficacia institucional de la PGR en mucho tiempo.

¿Así queremos construir instituciones sólidas? ¿Entregando a los vaivenes de la política y de la opinión a las personas y a las instituciones que funcionan bajo fuego?

La nueva procuradora, Arely Gómez, debe tener claro que en su puesto se castigan los éxitos más que los fracasos.

hector.aguilarcamin@milenio.com