Día con día

La revolución moral

"Revoluciones morales" llama el filósofo angloafricano Kwame Anthony Appiah a los cambios, relativamente rápidos, que se ciernen sobre costumbres  que parecían “ancestrales” —en el doble sentido de inmemoriales e inamovibles.

En su libro The Honor Code. Moral Revolutions Happen (Norton, New York, 2010), Appiah recrea las revoluciones morales que terminaron con la esclavitud en Estados Unidos, el duelo en Inglaterra y la costumbre asiática de lisiar con moldes los pies femeninos para que conservaran su tamaño infantil.

Todas estas costumbres, vistas por sus sociedades como parte del orden natural de las cosas, fueron transformadas, escribe Appiah, en lapsos muy cortos de tiempo, mediante una rápida transición de valores que invirtió la ecuación: hizo ver como vergonzosas prácticas que eran hasta entonces partes no escritas del  código del honor y la tradición.

¿Cómo sucedieron estas “revoluciones morales”, qué rasgos les fueron comunes?

El primer rasgo, dice Appiah, es que todos los argumentos en contra de esas barbaridades estaban perfectamente establecidos, eran moneda corriente en la discusión de las costumbres de la época, pero simplemente no bajaban a la cabeza ni a la conducta de las comunidades practicantes.

El segundo rasgo es que el cambio de esas costumbres se dio porque, en algún momento, su  persistencia empezó a comprometer algo parecido al honor nacional de la sociedad practicante. Lo que era honorable o peculiar, idiosincrático, empezó a ser vergonzoso.

¿Ante quién? Este es el tercer rasgo decisivo: la costumbre en cuestión empezó a ser cuestionada por la mirada de los otros, por las reglas de moralidad y civilización de otras sociedades, cuyo rechazo, a veces frontal, a veces satírico, acabó siendo importado por la comunidad de origen con un sentimiento de vergüenza, como un deshonor.

Me pregunto si puede estar pasando en México algo parecido a esto en materia de rechazo a la corrupción y al patrimonialismo burocrático.

Los argumentos contra la corrupción mexicana nos son familiares. Falta la aceleración moral. ¿Está a la vista?

hector.aguilarcamin@milenio.com