Día con día

¿El peor momento de nuestra vida democrática?

No estamos en el peor momento económico de los últimos 15 años, honor que corresponde al año 2009, en que el producto interno cayó 4.7 por ciento.

Es, sin embargo, el peor momento en número de pobres de los últimos años, ya que el porcentaje de pobreza se ha mantenido igual, pero la población ha crecido, y hay hoy quizá 5 millones más de pobres que en 2000.

No vivimos el mayor momento de violencia. Ese privilegio corresponde al año de 2011, en que la tasa de homicidios llegó a 22 por cada 100 mil habitantes. La de hoy es de 16 por cada 100 mil: una reducción sustancial.

Pero casos como los de las ejecuciones extrajudiciales de Tlatlaya, hechas por el Ejército; las de Tanhuato, imputadas a la Policía Federal; la cuenta de periodistas asesinados y, sobre todo, la desaparición de los 43  normalistas de Ayotzinapa han dado un giro de 180 grados a la percepción pública sobre los responsables de la violencia.

Ha dejado de ser una violencia de la que se responsabiliza fundamentalmente a los criminales y ha empezado a ser una violencia de la que se responsabiliza al Estado.

De ahí la tormenta nacional e internacional por violación de derechos humanos que se cierne sobre México, que en esta materia vive el peor momento de su joven democracia, solo comparable a la mancha de sangre que esparció por el mundo la guerra contra las drogas.

Por lo que hace a la corrupción, la de hoy quizá no es mucho mayor que la de los últimos gobiernos, pero ha tocado a la figura del Presidente, y ha provocado un rechazo cuyo vigor es la novedad moral de nuestra vida pública.

¿Vivimos el peor momento de nuestra historia democrática? No es el mejor, desde luego, pero quizá tampoco el peor, aunque es el que nos toca de cerca, el único que tenemos a la vista.

Puedo recordar años de similar enardecimiento público en lo que va de nuestra vida democrática, pero el que sacude a México en estos días no tiene paralelo en mi memoria, sino con el producido por las grandes devaluaciones de los 80 y los 90 del siglo pasado.

Creo que la realidad no es más grave, pero la mirada pública es infinitamente más exigente, y todo parece peor.

 

hector.aguilarcamin@milenio.com