Día con día

El hartazgo militar

Los altos mandos del Ejército parecen haber llegado a un límite en su paciencia respecto de lo que les exigen su sociedad y su gobierno.

La emboscada de Culiacán, que costó la vida a varios soldados que conducían al hospital a un delincuente, ha encendido el discurso del secretario de la Defensa con palabras inusualmente duras.

Hay en esas palabras un timbre de hartazgo, el sentimiento de estar pagando un alto precio de riesgo y sangre sin que esto conmueva a su sociedad, solidarice a los medios ni induzca a los políticos a legislar lo que los militares piden hace años: un código de seguridad interior, que norme su actuación como fuerza sustituta de la seguridad pública.

El costo de actuación para las fuerzas armadas ha crecido en estos años por la exhibición de sus fallas en derechos humanos y por el aumento de sus unidades comprometidas en el combate al narcotráfico.

En ambos frentes su desventaja institucional es notoria, en buena medida por falta de una legislación que autorice, regule y proteja su acción como fuerzas sustitutas de las corporaciones policiacas.

La intolerancia de la opinión pública a la violación de derechos humanos es mucho mayor hoy que al principio de esta triste guerra. Esa intolerancia no hará sino crecer, pues es parte de una sensibilidad global de la que México es protagonista obligado.

La exposición del Ejército al riesgo de la violencia ha crecido también. En el año 2012, la Secretaría de la Defensa reportó que tenía 75 “bases militares mixtas”: unidades militares destacadas en puntos específicos para colaborar con las fuerzas policiacas locales o federales. En 2016, esas bases habían llegado a ser 142 (Animal Político, 6/10/2016).

Un mayor roce con la violencia criminal no puede sino producir mayor violencia de parte del Ejército y, con ella, mayores riesgos de excesos y violación de derechos humanos.

La brutalidad progresiva del crimen organizado no hace sino exacerbar la tentación de darle respuestas brutales. Después de todo, los que están en la línea de fuego son seres humanos, no máquinas de cumplir preceptos humanitarios.

Volveré sobre esto en la semana.

hector.aguilarcamin@milenio.com