Día con día

La fisura

El fallo de la Primera Sala de la Suprema Corte ha hecho una fisura legal y otra simbólica en el gran muro, insalvable todavía, de la prohibición y la persecución de las drogas.

Fisura es la palabra que usó Denise Maerker durante nuestra conversación ayer en su programa de radio, a propósito del fallo de la Corte. Es una bonita palabra y en este caso una palabra exacta.

La fisura legal puede ser aprovechada por quienes presionan contra el muro para convertirla en una rendija, luego en una grieta, finalmente en una demolición.

Pero puede también quedarse ahí mucho tiempo, sea porque la presión de quienes queremos tirar el muro no sea suficiente o porque los siguientes golpes que se den sobre ella no tengan la precisión requerida.

La fisura simbólica, en cambio, me parece algo más que una fisura. Es la ruptura de un tabú, la negación de un prejuicio.

Con el fallo de la Primera Sala en la mano será más fácil plantear lo que hace falta entre nosotros: una conversación racional sobre el uso de las drogas y su persecución irracional. Bastará decir: ya lo dijo la Corte.

Lo cierto es que el fallo de la Primera Sala de la Corte ha hecho la cirugía mental requerida para empezar a ver con claridad este problema.

Ha separado analíticamente el daño a la salud que puede causar la mariguana con el daño social que provoca su persecución.

Es decir, ha dejado de mirar a las drogas prohibidas y a su persecución como parte del mismo problema. Y ha encontrado que la prohibición del consumo de sustancias tóxicas atenta contra uno de los derechos humanos que garantiza la Constitución de México, el derecho al libre desarrollo de la personalidad.

Con las variantes médicas y tóxicas del caso, la misma cirugía analítica, constitucional, puede practicarse sobre las otras drogas prohibidas.

El análisis separado de esas dos entidades, las drogas como tales, de un lado, y su persecución, del otro, mostrará en todos los casos que los daños que puedan causar las drogas a la salud de los mexicanos es infinitamente menor que el daño que su prohibición ciega y su persecución draconiana ha causado ya a la paz, a las instituciones y a los derechos humanos de nuestro país.


hector.aguilarcamin@milenio.com