Día con día

Guerra antidrogas: la triste semilla

Jorge G. Castañeda me ganó por un día la glosa de un notable artículo publicado en la edición de abril de la revista Harper’s.

Es el artículo de Dan Baum que lleva por título Legalize it All. How to Win the War on Drugs”. (Legalícenlas todas. Cómo ganar la guerra contra las drogas).

Baum revisa los aberrantes supuestos políticos, estadísticos, sanitarios y criminales en que descansa la llamada guerra contra las drogas. Añade una dimensión inédita: el cinismo de la primera semilla.

La primera semilla es la que siembra el presidente Richard Nixon durante su campaña triunfal por la presidencia de 1968, centrada en derrotar la potente agenda social del partido demócrata con una propuesta conservadora de ley y orden. El centro de la propuesta nixoniana fue la guerra contra las drogas.

En su texto de Harper’s, Baum recobra parte de una entrevista, hasta ahora inédita, con John Ehrlichman, el colaborador número uno de Nixon, el preso número uno de Watergate.

Ehrlichman recibe a Baum en 1994, en su retiro, para responder una entrevista sobre aquella guerra. Rehúsa entrar en detalles.

“¿Quieres saber realmente de qué se trataba?”, pregunta a Baum. Y explica:

“La campaña de Nixon en 1968, y su Casa Blanca después, tenían dos enemigos: la izquierda antiguerra (de Vietnam) y los negros. Sabíamos que no podíamos ilegalizar que alguien estuviera contra la guerra o fuera negro. Pero haciendo que la gente asociara a los hippies con la mariguana y a los negros con la heroína, y penalizando luego severamente ambas sustancias, podíamos golpear a las dos comunidades. Podíamos detener a sus dirigentes, efectuar redadas en sus hogares, interrumpir sus reuniones, infamarlos en los noticieros de la noche. ¿Sabíamos que mentíamos sobre las drogas? Por supuesto que sí.”

Celebro que Castañeda haya publicado ayer en estas páginas las palabras de Ehrlichman, porque eso me permite repetirlas hoy. Las repetiré, de hecho, cada vez que pueda. La explicación de Ehrlichman merece ser repetida y escuchada por sus muchos herederos, en particular por gobernantes como los de México, que siguen montados a ciegas en aquella guerra, sin recordar, acaso sin saber, su triste origen.

 

hector.aguilarcamin@milenio.com