Día con día

Cuesta arriba y cuesta abajo del INE

Entre las reglas que al parecer fortalecen pero en realidad debilitan al Instituto Nacional Electoral está su facultad, de hecho su obligación, de declarar nula una elección si se violan ciertas normas.

Esto parecería darle dientes a la institución pero en realidad le pone en la boca un bocado tan grande que  es imposible morderlo.

El nuevo código considera causales de nulidad tres de las cosas que ningún partido deja de hacer en estos días:

1. Excederse en el gasto de campaña en un 5 por ciento del monto total autorizado. Sabemos, por la investigación de Luis Carlos Ugalde, multicitada aquí y publicada en Nexos (enero, 2015), que el costo real de las campañas electorales es entre una y tres veces mayor que  los montos autorizados.

2. Comprar o adquirir cobertura informativa o tiempos en radio y televisión fuera de los supuestos previstos en la Ley. La ley prevé que los partidos usen solo los tiempos oficiales que les son otorgados gratuitamente. Pero sabemos que hay un rebosante mercado de compra en efectivo de tiempos y espacios mediáticos.

3. Recibir o utilizar recursos de procedencia ilícita o recursos públicos en las campañas. La palabra ilícita quiere decir aquí, dineros no previstos en la ley y/o superiores a los montos autorizados por esta: precisamente eso que sucede en nuestras elecciones hasta por tres tantos adicionales a lo permitido.

Las tres causales de nulidad son moneda corriente en nuestras elecciones. Este es el gran entuerto de la naciente democracia mexicana.

El INE se verá obligado a declarar nulas todas las elecciones o ninguna, porque en todas se cumplirán las causales previstas.

Dada la realidad del mercado negro electoral, que ha desfigurado el corazón mismo de nuestra democracia, las causales de nulidad previstas equivalen a prohibir la ley de la gravedad.

El camino cuesta arriba que la ley impone a los partidos en materia de gastos de campaña es la cuesta abajo por donde puede rodar la credibilidad del INE, obligado a castigar lo imposible.

hector.aguilarcamin@milenio.com