Día con día

Bergoglio y el crimen mexicano

El papa Francisco ha trazado las cosas del más allá y las del más acá que ocuparán su visita a México.

Será mariano y tradicional como el que más. Lo primero, bajo la invocación de la virgen de Guadalupe; lo segundo, por la canonización de un mártir más de La Cristera.

Bergoglio visitará también las estaciones críticas del reino de este mundo mexicano: la exclusión indígena en Chiapas, la tragedia criminal y la opresión migratoria en Ciudad Juárez. Ha negado su agenda a la causa de Ayotzinapa y la impunidad, pero no creo que vaya a faltar en sus palabras. Ha hablado ya de la corrupción y la violencia.

Ya puestos en ese camino, me gustaría que Francisco repitiera en suelo mexicano las excomuniones que ha decretado contra el crimen organizado.

No lo han hecho sus pastores aquí. Obispos y sacerdotes mexicanos han denunciado la violencia criminal. Muchos han sido secuestrados y asesinados. Otros se han acomodado a la filantropía del crimen, que no descuida a las iglesias, pues nuestros criminales son católicos, a la manera y en los porcentajes en que lo es toda la población.

Quiero decir que no han venido de Marte, son parte de lo que somos como sociedad, incluida la fe.

Lo cierto es que ningún prelado mexicano ha hecho lo que Bergoglio en Calabria y Nápoles: excomulgar a los criminales.

En Calabria dijo que la Ndragueta "es la adoración del mal, el
desprecio del bien común. Tiene que ser combatida, alejada. Nos lo piden nuestros hijos, nuestros jóvenes. Y la Iglesia tiene que ayudar. Los mafiosos no están en comunión con Dios. Están excomulgados". http://bit.ly/1RcxQO2

En Nápoles dijo: "A los criminales y a todos sus cómplices, hoy, con humildad y como hermano, os pido: convertíos, dejaos invadir por el amor y la justicia (...). Es posible regresar a una vida honesta" (El País, 21 de marzo, 2015).

México tiene problemas con el diablo, ha dicho Bergoglio, tema que comentaré mañana. Lo más parecido al diablo que hay en México es la violencia del crimen organizado.

A estas alturas de tratos mexicanos con el diablo, hasta un exorcismo ayudaría.


hector.aguilarcamin@milenio.com