Auditoría Ciudadana

Día de Muertos

En columnas anteriores he reiterado mi inconformidad ante nuestra sociedad que paulatinamente ha perdido cualquier pizca de asombro o molestia ante la realidad que la envuelve y de la cual no deberíamos tener miedo, sino un impulso por lograr el cambio y reestructurarla.

El próximo día de muertos puede ser considerado como la festividad mexicana por antonomasia, ya que somos un país con la capacidad de adorar la muerte, reírnos de ella, convirtiéndola en objeto de nuestra sátira y recordando a nuestros seres queridos que por una u otra razón ya no nos acompañan.

Pero este año no tengo hambre de pan de muerto, ni de calaveritas de azúcar, sino, como dijo Colosio hace 20 años, tengo hambre y sed de justicia. Este año el cempasúchil de toda la nación no daría abasto para poder cubrir la indignación, la tragedia y las tumbas que ha ocasionado el crimen organizado.

¿Qué podríamos celebrar cuando consuetudinariamente escuchamos acerca de un desaparecido más, de otro profesionista asesinado, de una familia amordazada, sobre un robo a la vuelta de tu casa o del hallazgo de nuevas narcofosas?.

Cada cierto tiempo y ante ciertas tragedias hemos abierto los ojos, salido a marchar y demostrar ante nuestro Estado que no nos quedaremos callados, que no podemos seguir en esas condiciones; pero pasan los días, nuestras velas se apagan y parece que nuestra fe también. Debemos ser persistentes y percatarnos que no podemos lanzar demandas al aire, pidiendo el regreso de un Estado de Derecho, cuando desde hace varios sexenios éste se fue, ganó la democracia con Fox, pero perdimos mucho más.

La culpa es compartida, de los criminales, los políticos y nuestra: hemos fomentado un sistema que idolatra a aquellos que se rebelan contra la ley; hemos elegido políticos corruptos pensando que no tenemos de dónde escoger, sin entender los alcances de la democracia; muchos otros se dicen indignados pero aún siguen consumiendo drogas, apoyando directamente a los principales responsables de nuestra situación; nuestro peor error es olvidar, dejar pasar atrocidades como ésta sin dar soluciones, buscando que solo se castigue a alguien, sin que se logre un cambio efectivo.

Corruptos como Jose Luis Abarca tenemos muchos, nuestros pueblos están llenos de asesinos como él, “representantes sociales” que desconocen su función.

Jalisco no es la excepción y  es menester evitar que estos sujetos “al servicio del pueblo” traicionen la noble posición que ostentan.

 

hromero@correduria58.com