Doble mirada

La tragedia de las familias… y de los niños

Que el concepto de familia ahora sea más amplio y reconozca nuevas realidades le añade complejidad al fenómeno y hace más urgente la tarea de diseñar y aplicar una política pública que elimine las causas de los malestares que se generan en su interior.

Hace varios años hicimos en GEA una encuesta para un DIF estatal del norte del país. Se trataba de conocer la problemática de las familias con el fin de adecuar lo más posible los programas de esa institución a las necesidades de la familia. El resultado no fue sorpresivo, pero sí muy preocupante. En orden de importancia, los problemas mencionados fueron: falta de trabajo y pobreza; desintegración de la familia (divorcios, ausencia o abandono del hogar por parte del padre o de la madre, niños arrojados a la calle); violencia intrafamiliar; pandillerismo e inseguridad y adicciones (alcoholismo del padre y consumo de drogas en los jóvenes).

Al hacer a un lado el tema del desempleo, la problemática estrictamente familiar (desintegración, hijos adictos, papás alcohólicos, mujeres y niños golpeados, adolescentes embarazadas, pobreza) revela una situación terrible: una buena parte de las familias ha perdido su carácter original: ser la institución proveedora de bienes, generadora de bienestar social —como el cuidado, la alimentación y la formación de las nuevas generaciones; el aprendizaje de valores; la solidaridad entre sus miembros; la vida amorosa en pareja, etcétera— y ahora genera muchos males; se ha convertido, en buena medida, en productora de malestar social.

No es que antes las familias no tuvieran problemas o que fuera una institución idílica, sino que ahora las condiciones sociales, económicas y culturales han generado problemas nuevos y de una gran diversidad en el seno de las familias, sin que éstas ni la sociedad tengan las capacidades para afrontar las nuevas situaciones. Por ejemplo, la incorporación masiva de la mujer a las actividades productivas, voluntaria u obligada, sin la existencia de guarderías suficientes para el cuidado de los niños y con la permanencia de patrones machistas que hacen mal visto que los hombres se dediquen a tareas domésticas. Otro: el inicio precoz de la vida sexual sin una educación adecuada en esa materia, que entre otras razones, produce miles de adolescentes embarazadas.

De esa cadena de problemas que aquejan la vida familiar, los niños suelen ser el eslabón más débil, pues su capacidad de defensa es mínima. Por ello resienten más el impacto de la desintegración, de la violencia, de la pobreza, del alcoholismo de los padres. Acaban maltratados, desprotegidos y hasta expulsados de la familia. Miles se van a las calles, emigran a Estados Unidos o acaban en lugares como Casitas del Sur o La Gran Familia.

Que muchísimas familias generen más malestar que bienestar social no ha sido un fenómeno relevante para los diseñadores de políticas públicas. El DIF es la institución gubernamental que dice dedicarse a “conducir políticas públicas en materia de asistencia social que promuevan la integración de la familia”. Sin embargo, haciendo a un lado el tema económico, pues no es tarea del DIF resolver el desempleo, la adaptación de la estructura de los programas ofrecidos por esa institución a la problemática real ha sido insuficiente y lenta. Resulta que la mayor parte del presupuesto se ha dedicado, durante décadas, a financiar los famosos desayunos escolares y otros programas asistencialista que no resuelven ni por equivocación, los problemas más urgentes y graves que viven las familias. Puros paliativos.

En los últimos años se han creado en el DIF algunos programas —fortalecimiento de las procuradurías de defensa del menor y de las familias; estancias infantiles para apoyar a madres trabajadoras—, pero no son prioritarios en términos presupuestales. Tampoco se tiene una concepción integral del nuevo fenómeno familiar, a partir de la cual se hayan diseñado tanto una política pública integral como una estructura programática multidisciplinaria y no solo asistencial, frente a los múltiples problemas de la familia del siglo 21.

Que el concepto de familia ahora sea más amplio y reconozca nuevas realidades le añade complejidad al fenómeno y hace más urgente la tarea de diseñar y aplicar una política pública para las familias, que elimine las causas de los múltiples malestares que se generan en su interior, a menos que prefiramos lidiar con crisis humanitarias por la migración infantil o con orfanatorios que se convierten en infiernos.