Doble mirada

El trabuco electoral

En junio, 12 entidades elegirán gobernador en un contexto político y económico complicado. Es normal que en comicios estatales los factores nacionales tengan menos peso que las variables locales. Para que suceda lo contrario es necesario que la situación económica y política nacional sea muy mala o muy buena para que supere la importancia que los electores le conceden a lo local. ¿Cuál será el caso en las elecciones de junio próximo?

La evaluación que los ciudadanos hacen de la situación nacional en la última encuesta GEA-ISA, contiene aspectos contrastantes y sorpresivos. En los últimos seis meses el peso se ha devaluado frente al dólar más de 20 por ciento y en la memoria histórica de muchos ciudadanos, sobre todo los que vivieron las devaluaciones de las últimas décadas del siglo pasado, éstas son sinónimo de crisis económicas, las cuales han sido una de las causas por las cuales el PRI ha perdido una significativa parte de su fuerza electoral.

La sorpresa de esta encuesta es que, pese a que el dólar se llegó a cotizar en más de 19 pesos, la opinión sobre la situación económica del país no empeoró como en otras ocasiones: 35 por ciento de los ciudadanos piensa que el principal problema del país es la economía, contra 40 por ciento que lo pensaba en noviembre pasado, e incluso el índice de expectativas económicas —las percepciones sobre el futuro de los ingresos, el empleo, el poder de compra y el acceso a créditos de los ciudadanos— mejoraron respecto al trimestre anterior.

Sin embargo, si las percepciones son relativamente positivas, tampoco son tan buenas como para que se conviertan en un factor que le pueda aportar mucho electoralmente al PRI, ya que
solamente 10 por ciento de los ciudadanos piensa que el gobierno de Peña Nieto ha tenido mucho éxito en crear empleos, mejorar el salario y reducir la inflación. Por esas razones, creo que la economía no será un factor que le quite ni le aporte votos a los partidos en los próximos comicios.

En cuanto a la situación política, las cosas son distintas. Solo 8 por ciento de la población opina que ésta es buena (15 por ciento en noviembre) y 34 por ciento que es mala (contra 29 por ciento hace tres meses). Sobre la corrupción, hay un incremento enorme del deterioro, ya que la mitad de la población asegura que es mayor que hace seis años (en mi artículo de la semana pasada analicé este tema). Por su parte, las percepciones sobre la inseguridad también aumentaron de manera considerable, ya que quienes afirman que en el país ésta es mayor que hace seis meses pasaron de 30 a 46 por ciento, y quienes aseguran que es mayor en sus localidades aumentaron de 26 a 39 por ciento. El discurso oficial de que la inseguridad ha disminuido considerablemente choca de frente a estas percepciones.

Además, la evaluación del presidente Peña se mantiene en niveles bajos (44 por ciento de aprobación y 53 de desaprobación; el gabinete es aprobado solo por 39 por ciento). No obstante, esos datos negativos no parecen trasladarse al PRI, que goza de una buena imagen (44 por ciento) y de una elevada identidad partidista (34 por ciento de los ciudadanos se identifican con él, contra 14 del PAN, siete del PRD y siete de Morena).

Por tanto, si la oposición desea incrementar sus probabilidades de triunfo tendrá que lograr establecer un vínculo entre la mala situación política del país (corrupción, inseguridad, gobierno ineficaz), el PRI y las deficiencias de los gobiernos estatales de ese partido.