Doble mirada

El tamaño de la crisis y la nueva agenda

Se dice que las crisis también son oportunidades. Sin embargo, no será fácil para el gobierno diseñar y sumar a la sociedad y al Estado a una nueva agenda.

El deterioro de la situación política se ha profundizado a gran velocidad. En apenas 50 días han aparecido y se han acumulado expresiones de graves problemas y deficiencias estructurales del régimen y/o sistema político mexicano. En el origen, la tragedia de Iguala puso de manifiesto, por enésima ocasión, dos de las expresiones más graves del prolongado empoderamiento del crimen organizado: la violencia salvaje, brutal, indiscriminada y la captura de las instituciones municipales (no solo la policía, sino el ayuntamiento entero) para ponerlas a su servicio.

Y detrás de esa captura, dos fenómenos que han operado como sus facilitadores: la terrible debilidad e ineficacia de las instituciones de seguridad y justicia y un sistema electoral que privilegia en exceso el dinero como motor de las campañas y, por tanto, del acceso al poder. Esto último ha provocado que los partidos políticos se hayan vuelto vulnerables y/o cómplices de organizaciones y personajes del crimen organizado. Unos requieren mucho efectivo no detectable, a los otros les sobra y necesitan protección política. En este caso el PRD ha sido el involucrado, pero ninguno puede tirar la primera piedra. El problema es estructural, de fondo.

En segundo lugar, el movimiento social surgido para exigir justicia para los 43 normalistas desparecidos se ha ampliado y convertido en la expresión, el grito de la sociedad harta de una clase política depredadora del servicio y los bienes públicos, ya sea por la vía de la complicidad y colusión con el crimen organizado o de la corrupción dura y pura. Las decenas de marchas, dentro y fuera del país, y los millones de tuits y mensajes en las redes sociales son testimonio de ese abismo creciente entre sociedad y política, de la desconfianza total de muchos sectores sociales, especialmente de los jóvenes, en las instituciones y la política en general.

Tercero. Por si Ayotzinapa no bastara y no fuera este el peor momento, el gobierno se enreda con las sospechas de corrupción en la licitación del tren rápido México-Querétaro y le estalla el escándalo de la casa de 87 millones de pesos de la esposa del Presidente sin que hasta el momento se haya dado una explicación convincente del asunto.

El cuarto componente de esta crisis política (en un contexto, además, de crecimiento económico claramente insuficiente y con grandes nubarrones en el horizonte) es la tardanza y escaso tino con que ha respondido el gobierno federal. La seriedad de la tarea de la PGR para detener a los responsables y aclarar el destino de los 43 estudiantes ha sido insuficiente para contrarrestar el estallido de la imagen de este gobierno como uno que sí sabe cómo gobernar y que lo hace eficazmente. Ahora es, para muchos, solo el heredero de las peores tradiciones de la antigua y obsoleta cultura política patrimonialista. Su credibilidad es muy débil.

Se dice que las crisis también son oportunidades. Sin embargo, no será fácil para el gobierno diseñar y sumar a la sociedad y al Estado a una nueva agenda que tenga cuatro características: a) radical, es decir, que vaya a la raíz de las fallas del estado de derecho y proponga construir y fortalecer instituciones, no dinamitarlas, como algunos desean de manera demagógica e irresponsable, o pretender que el problema se resuelve con la renuncia del Presidente; b) integral, o sea, que incluya toda la cadena institucional de seguridad y justicia, pero que no se agote en ella; debe incorporar al sistema electoral, las campañas, partidos y dinero (¿querrán los partidos llegar a eso?); también el tema de la corrupción dura y pura y eventualmente hasta modificar el régimen político; c) inteligente, es decir, que incluya mecanismos de concreción, recursos, rutas, compromisos medibles, para que sea viable, y no meras promesas incumplibles; d) incluyente no solo de todo el Estado, sino debe conseguir el apoyo de la sociedad; no puede ser un acuerdo cupular.

Si lo anterior ya es un reto enorme, existe uno previo y más complejo: cómo superar la ahora escasa credibilidad del gobierno. Si no lo hace y pronto, será mucho más arduo el resto. Recuperar credibilidad rápido requerirá de acciones  audaces, un verdadero golpe de timón. Después vendrá lo difícil: poner en marcha la nueva agenda de reformas.