Doble mirada

"Houston, we have a problem"

El comienzo del año no ha sido bueno para el PRI ni para su candidato. No se necesita mucha ciencia para adivinar que al inicio de su campaña, José Antonio Meade —quien estaba ubicado en tercer lugar en las encuestas— se planteó como objetivo volverse un candidato competitivo capaz de derrotar a López Obrador el 1 de julio, y que esa aspiración tiene una estación intermedia obvia: desplazar del segundo lugar a Ricardo Anaya, para que éste se rezagara en las preferencias y aporte el voto útil de panistas desencantados, con el cual pueda rebasar a AMLO en la recta final de la campaña. El tiempo ideal para que eso suceda es a finales de febrero, una vez terminadas las precampañas. Esa ha sido la ruta.

Pero las cosas han comenzado a salir mal. Hasta el momento son tres los puntos que varios analistas señalan que no están funcionando. El primero es la relación entre el candidato y su partido. La decisión de Peña Nieto de designar como abanderado del PRI a un simpatizante, ajeno a la estructura y el modo de ser de los priistas, planteó un reto no fácil de resolver: lograr un equilibrio entre cercanía y distancia del candidato con su partido, muy difícil de encontrar y, en caso de que exista, poder mantenerlo. Si Meade se acerca demasiado y adopta cultura y costumbres priistas, el expediente negro y la pésima imagen del partido lo aniquilarán. Si establece demasiada distancia, las bases y liderazgos pueden rechazarlo y hacer huelga de brazos caídos o, peor aún, votar por Morena o el Frente.

El dilema está lejos de resolverse. Hay muchos rumores dentro del PRI de que las cosas no marchan bien; que los actos son deslucidos; que hay gobernadores, secretarios de estado, líderes estatales que hacen grilla contra el candidato; que Osorio Chong quiere que pierda; que los equipos de Meade y Nuño no se coordinan; que lo van a cambiar, que… (añada los que usted haya oído o leído). No sé si son ciertos o exageraciones, e incluso versiones interesadas, pero que ese sea el tema que domina la conversación cuando se analiza la campaña de Meade, no es buena señal. Que AMLO lo diga es para no creerlo, pero si las cosas las dicen los priistas, Houston, we have a problem. Cuando el río suena, agua lleva. Algo no anda bien en la relación entre el partido y su candidato.

Segundo punto, el misil disparado por el Frente PAN-PRD-MC, vía Javier Corral, que pegó en la línea de flotación de Insurgentes Norte y Los Pinos. Hasta el momento lo único que se oye por esos rumbos es el grito del capitán de la nave: “control de daños, control de daños, respondan”. Las acusaciones, aún no probadas, pero ampliamente creídas, de un desvío de 250 millones de pesos de dinero público para programas sociales, utilizadas en las campañas del PRI en 2016, perjudican al candidato, quien entonces era secretario de Hacienda; al PRI, pues le pinta una raya más al tigre, si es que todavía le caben; a Manlio Fabio Beltrones, en aquel tiempo presidente del tricolor, quien se amparó por aquello de que el miedo no anda en burro, pues su segundo de abordo está detenido. La corrupción, la maldita corrupción, cuyos escándalos, kriptonita pura, ya no pueden ser controlados por el gobierno federal.  Las fotos y videos de Meade con los Duarte recorren las redes sociales a sus anchas, carcomiendo la imagen del candidato-ciudadano alejado de las mañas y corruptelas de los gobernadores priistas. ¿Tamaño del daño? Aún se desconoce.

Tercer punto problemático: el mismo precandidato Meade que no ha sabido posicionarse adecuadamente. Carente de propuestas por la supuesta veda y obligado a cerrar filas con sus compañeros priistas contra la denuncia de Corral, a quien llamó, sin mesura alguna, torturador entre otras cosas, lo alejaron irremediablemente de ese equilibrio entre distancia y cercanía, lo que nos hace creer que no existe tal punto medio. Su imagen como político fresco, limpio está a punto de naufragar. Si era poco conocido, ahora junto con un mayor conocimiento de su persona pueden estar creciendo los negativos en la misma proporción. Si es así, Houston, we have another problem.

Hasta que no haya encuestas, no sabremos si todo esto lo ha alejado de su anhelado segundo lugar. Pero la cuesta de enero se ve muy empinada y le restan cuatro semanas de precampaña para remontar esta imagen de un candidato poco carismático, sin propuestas que atraigan; en un mar de grillas incontenibles y cada vez más atrapado en las pesadas y carnívoras redes de la imagen negativa del PRI.