Doble mirada

La pendiente

Las crisis políticas y económicas difícilmente tienen fondo. Como sus expresiones pocas veces son catastróficas (por ejemplo, la caída de un gobierno, la debacle de los partidos políticos o una gran recesión económica), los políticos que las administran suelen ser bastante omisos e irresponsables en su manejo, ya que el malestar social suele ser sordo, disperso e incoherente. Argumentan que el descontento no es grave y, por tanto, apuestan a un manejo tradicional de los asuntos públicos o a la instrumentación de una que otra medida cosmética.

Pero eso no le quita gravedad a las crisis, ya que sus efectos cotidianos (los no catastróficos) son también muy dañinos. Se trata de deterioros crecientes del empleo, del poder adquisitivo, de niveles cada vez mayores de inseguridad, de la pérdida de credibilidad y legitimidad de las instituciones, de comportamientos crecientemente irresponsables, frívolos y deshonestos de los funcionarios y públicos y representantes populares; de servicios públicos cada vez de peor calidad. 

En pocas palabras, las crisis no atendidas de raíz van pudriendo la política, deteriorando el nivel de la calidad de vida en sus distintos ámbitos y cancelando o posponiendo oportunidades de mejorar. Son como una pendiente, a veces ligera y a ratos más pronunciada, pero siempre hacia abajo.  Hasta que en ocasiones aparece un precipicio.

Esto viene a cuento por el tratamiento que los políticos le están dando a la crisis política estallada en el otoño de 2014. A partir de entonces han actuado como si nada hubiera pasado. Ya en varias ocasiones me he referido a la apuesta del gobierno al olvido de los temas de corrupción y a la ausencia de estrategia en materia de seguridad. Hoy es el turno de los partidos políticos dedicados ahora a seleccionar a sus candidatos, como si ellos no estuvieran fuertemente cuestionados y la democracia no registrara un severo déficit de legitimidad.

Comencemos por el dinero. El presupuesto para este año para los partidos y sus campañas será de 5 mil 356 millones de pesos, más lo que gasten en efectivo por debajo de la mesa. A ello hay que añadir lo que cuesta la organización del proceso y los litigios posteriores, producto de sus trapacerías y desconfianzas. Total, se gastarán más de 18 mil millones de pesos en el ámbito federal y 15 mil millones en los comicios estatales. Una burrada de dinero; un insulto. ¿Se le ha ocurrido a algún político o partido convocar a sus pares a discutir cómo abaratar los procesos electorales y cómo gastar menos en las campañas? Impensable. Que la sociedad siga descreyendo y alejándose de la política.

Armando Ríos Piter, el mejor candidato del PRD a Guerrero, renuncia a competir y denuncia la petición que le hizo la dirigencia de su partido de que si ganaba, encubriera al ex gobernador Ángel Aguirre. En otras palabras, el PRD prefiere seguir acumulando desprestigio, pues lo importante no es recuperar legitimidad, sino retener posiciones. Política rancia. Qué tristeza por la izquierda.

En el PAN el grupo de Gustavo Madero se despacha con la cuchara grande las candidaturas y exhibe una actitud excluyente innecesaria, producto de una arrogancia y una visceralidad que a la larga los perjudicará.  Política del agandalle. Qué miopía y qué lástima.

Gobierno y partidos saben de la tormenta y ni siquiera se les ocurre arrodillarse. La pendiente, poco a poquito, seguimos bajando.