Doble mirada

¿En qué se parecen la curia romana y el gobierno mexicano?

Es una crisis de las instituciones políticas, y sobre todo de una variable intangible, pero decisiva en su funcionamiento: la confianza.

México entró en una crisis de gobernabilidad, detonada por eventos (Ayotzinapa y escándalos por las casas de Angélica Rivera y Luis Videgaray, cancelación de la licitación del tren México-Querétaro) que ampliaron la desconfianza de la sociedad en las instituciones creadas para representar y garantizar nuestros intereses.

No se trata de un hecho nuevo, sino de haber alcanzado un nivel de hartazgo como no lo había antes. Las evidencias del involucramiento de autoridades en el asesinato de los normalistas y las sospechas de la utilización del servicio público para enriquecimientos personales, han llevado la credibilidad de instituciones y políticos a niveles preocupantes.

Es una crisis de las instituciones políticas, y sobre todo, de una variable intangible, pero decisiva en su funcionamiento: la confianza. Sin autoridad moral —cimiento invisible pero real de la credibilidad— de quienes las dirigen, la confianza no regresará. Sin congruencia entre palabra y obras no habrá autoridad moral. Es cierto que el buen funcionamiento de las instituciones políticas no puede descansar únicamente en el apego de los servidores públicos a los valores democráticos (hay muy pocos santos), y por eso también están los mecanismos institucionales (los contrapesos, la transparencia y la rendición de cuentas). Pero su función consiste en garantizar un mínimo de congruencia, de autoridad moral.

Por eso, no se puede obviar ni minimizar el “valor agregado” que le aportan a la democracia, la calidad humana, la congruencia y los valores vividos plenamente por los políticos, como la honestidad y la tolerancia. Piensen en Nelson Mandela y lo que él y su autoridad moral, su congruencia de vida, su apego a valores como la tolerancia, la humildad y hasta su capacidad de perdonar, hicieron por la democracia en Sudáfrica.

La Iglesia católica, sin ser democracia, también adolece de una profunda crisis de credibilidad por el derrumbe de la autoridad moral de sacerdotes y jerarquía debido a los escándalos de pedofilia y de manejo sucio de sus finanzas. Y si de algo depende la Iglesia es de su autoridad moral. El papa Francisco tiene la virtud de comprenderlo muy bien. Por eso es esperanzador el mensaje que dirigió a los miembros de la curia romana (el gabinete y la burocracia del Vaticano) con motivo de la Navidad, en el cual aludió a 15 enfermedades que minan la salud de sus colaboradores. Ya quisiéramos un discurso parecido aquí.

Cito, de la nota del periódico El País, algunas de esas enfermedades y piensen en México, no en la curia romana. Su primera enfermedad es “sentirse inmortales, inmunes o incluso indispensables”; eso es una patología del poder, “del complejo de los elegidos” de todos aquellos que “se transforman en dueños y se sienten superiores a todos y no al servicio de todos”. La tercera enfermedad es la del “endurecimiento mental y espiritual”, se esconden tras los papeles y la gestión y pierden la “sensibilidad humana”. La sexta enfermedad detectada por el papa en los obispos y cardenales es el “Alzheimer espiritual”, pues lo vemos en aquellos que “han perdido la memoria de su encuentro con Dios y dependen completamente de su presente, de sus pasiones, de sus caprichos y manías … convirtiéndose en esclavos de los ídolos esculpidos por sus propias manos”. En nuestro caso traduzcan por Alzheimer democrático.

La séptima enfermedad “gravísima es la de la rivalidad y la vanagloria” cuando “la apariencia, el color de los vestidos y las insignias de honor se convierten en el objetivo prioritario de la vida”. La décima, “divinizar a los jefes”. El papa Francisco cierra su diagnóstico advirtiendo sobre “la enfermedad de acumular bienes materiales” —la número 13—, “la enfermedad de los círculos cerrados” —la 14— y, finalmente, la del “aprovechamiento mundano, de los exhibicionistas” la de aquellos que “transforman su servicio en poder, y su poder en mercancía para obtener ganancias mundanas o aún más poder”. El mensaje papal no tiene desperdicio.

La pregunta en México es si tantas enfermedades aún tienen remedio. ¿Hay alguien en la clase política con la autoridad moral de dirigir un mensaje así?