Doble mirada

La incertidumbre de las campañas

Una parte del contexto de este proceso electoral es la seria crisis de credibilidad y confianza en la política y sus principales instituciones, entre ellas, los partidos.

Comenzaron oficialmente las campañas para renovar la Cámara de Diputados. Los 10 partidos participantes tienen mucho que ganar y perder. En algunos casos está en juego el registro o permanencia del partido; en todos, la cantidad de diputaciones federales y lo que ello implica en términos de poder político y, junto con ello, el monto del financiamiento público que recibirán durante los próximos tres años. También se definirá el posicionamiento que tendrán de inicio para la contienda por la Presidencia en 2018. La batalla será con todo.

Para disputarla, disponen de abundantes recursos: casi mil 200 millones de pesos de nuestros impuestos y mucho tiempo en los medios de comunicación (casi 14 millones de spots publicitarios, que sumados a los 22 millones ya transmitidos, dan un total obsceno), a lo que debe añadirse el dinero en efectivo, no permitido, pero que circula por debajo de la mesa y que es mucho más que el reportado oficialmente. Todo ello para convencer a los ciudadanos de que tomen dos decisiones: que vayan a votar y lo hagan por su logotipo.

Una parte del contexto de este proceso electoral es la seria crisis de credibilidad y confianza en la política y sus principales instituciones, entre ellas, los partidos. De este hecho se deriva una enorme paradoja: por separado, cada partido reconoce que la política está infestada de corrupción, pero que son los otros los corruptos, no ellos. Otros señalan que las acusaciones provienen de políticos hipócritas. Si le creemos a los dos mensajes, todos son corruptos. En el caso de algunos partidos nuevos y de no pocos candidatos, se manda el mensaje de que ellos son más ciudadanos que políticos —como si todo lo político fuera sinónimo de corrupción y lo ciudadano sinónimo de honradez y credibilidad— en un reconocimiento implícito de lo mismo.

La trampa está tendida. Si se ignora el tema de la corrupción, ¿quién les va a creer? Si se reconoce su existencia, ¿cuál partido se salva? Y, sobre todo, ¿a cuál irle y creerle? ¿Cómo recuperar la credibilidad? En suma, la política que se reconoce sucia, pidiendo que confiemos en los partidos, en su voluntad de limpiarla para representar nuestros intereses y no los de ellos. Ejercicio difícil, pero no tienen opción; algo deben decir.

Otros mensajes de las campañas ponen el acento en las acciones benéficas para la población, realizadas por los partidos en el gobierno o por sus acciones legislativas (el regalo de tabletas en las escuelas, la pensión a los adultos mayores, los vales para la entrega de medicinas, etcétera), como muestra de que la política también se trata de gobernar para mejorar las cosas. Y es cierto, pues solo desde el simplismo y el maniqueísmo más ramplones se puede afirmar que la política se reduce a la corrupción y que todos los políticos son sinvergüenzas.

Sin embargo, ningún estratega de campañas sabe con certeza cuál de los dos discursos será más eficaz para atraer a los electores a las urnas y para conseguir votos para los distintos partidos. La razón de esa incertidumbre es que ambas realidades —política para fines privados o corrupción, y política como generadora y distribuidora de bienes públicos, aunque sea para las clientelas partidistas— coexisten y se desconoce cuál de ellas pesa más en la decisión de los múltiples segmentos que conforman al electorado. De lo que no hay duda es de que las campañas —negativas o positivas— sí importan y modificarán las tendencias actuales. Ya lo veremos.