Doble mirada

De escándalos y rectificaciones convincentes

Lo que es intolerable es que las partidas para las bancadas y una parte de los ingresos de los diputados y senadores sean discrecionales y puedan no rendir cuentas de ese dinero. Si el PAN quiere rectificar de manera convincente, que sea el primero en poner el ejemplo.

Tratemos de poner en limpio lo que se sabe del escándalo en el que se ha involucrado a varios diputados del PAN y de analizar sus implicaciones.

Hasta el momento, los legisladores panistas que asistieron a la famosa fiesta en Puerto Vallarta no cometieron ningún delito (y difícilmente se sabrá si lo hubo, es decir, si se utilizaron indebidamente recursos públicos). La andanada de críticas se fundamenta en haber incurrido en conductas políticamente incorrectas: participar en un reventón en una casa cuya renta es carísima y divertirse con mujeres contratadas; ello en
el contexto de una reunión de trabajo en la que se definirían posiciones sobre una tema de enorme relevancia, como lo era la reforma energética. Desde este punto de vista, me parece que hay una desproporción entre el hecho y el escándalo.

Son conductas políticamente incorrectas y causa de escándalo porque: a) existe la sospecha de que la fiesta se hubiese financiado con recursos públicos y considerando los antecedentes, la pura sospecha es suficiente para juzgar y condenar; b) si no fue así, de todos modos se critica el dispendio: diputados que tienen mucho dinero para gastarse decenas de miles de pesos en una noche de parranda o amigos con antecedentes o intereses turbios que se las pagan; c) existe una incongruencia entre los valores morales que predican los panistas y su conducta (quien esté limpio de culpa…); d) en vez de dedicarse a trabajar en las reuniones de legisladores, lo que hacen es reventarse.

Vistas una por una esas conductas no parecieran justificar tantas vestiduras rasgadas. Probablemente es la suma de todas ellas lo que constituiría un modelo poco ejemplar de lo que debiera ser un servidor público. El peligro está en que un político que se comporta así es sumamente vulnerable. El riesgo de ser chantajeado y morir políticamente es elevadísimo. Lo último fue lo que sucedió.

Creo que la razón que potenció el escándalo son los abundantes antecedentes de la estrecha y creciente relación entre poder político y corrupción, ineficacia, dispendio, prepotencia y privilegios (reuniones con La Tuta, licitación en Capufe, moches, ladies Profecos, deudas estatales onerosas con costo al ciudadano, bonos suplementarios sin justificación ni rendición de cuentas) que más allá de constituir delitos, han fortalecido un poderoso imaginario de la política y de quienes se dedican a ella como lo más lejano al bien común, como negocio privado. Y lo peor, algo de lo que debiéramos prescindir.

Lo grave es el abono que hicieron esos legisladores a esa imagen tan negativa de la política y, en concreto, de la tarea legislativa. Porque si ya había una percepción de los legisladores como vividores y flojos que ganan salarios insultantes (cuántas peticiones no han aparecido en las redes sociales en los últimos años pidiendo la desaparición de los diputados y senadores plurinominales, la rebaja de sus salarios a la mitad), lo que sigue es el apoyo a iluminados que, con un discurso populista, moralista e hipócrita, pedirán todo el poder para ellos y la desaparición de los contrapesos al nuevo mesías. Ejemplos en América Latina abundan.

Esto es lo delicado. La pregunta no es cómo se reclutan santos o ángeles para la política, pues será imposible hacerlo (pero algo tendrían que hacer los partidos para por lo menos filtrar a los más cínicos y oportunistas), sino cómo desde la sociedad logramos que se apliquen mecanismos de transparencia y rendición de cuentas lo más rigurosos posibles, junto con un sistema de sanciones inhibidor de conductas ilegales.

Contra lo que muchos piensan, yo creo que el presupuesto del Congreso no es exagerado; legislar bien cuesta dinero: los legisladores deben ganar bien y tener recursos para contratar apoyos técnicos de calidad para su labor. Lo que es intolerable es que las partidas para las bancadas y una parte de los ingresos de los diputados y senadores (con las que en teoría debieran contratar especialistas y allegarse los recursos para bien legislar) sean discrecionales y puedan no rendir cuentas de ese dinero. Si el PAN quiere rectificar de manera convincente, que sea el primero en poner el ejemplo, ordene una auditoría externa a los recursos de sus bancadas, publique sus resultados y actúe en consecuencia.