Doble mirada

El dilema del PRD

Desde hace varios años sostengo la tesis de que a este país le urge una izquierda moderna. Es muy fácil definir lo que no debiera ser esa izquierda: permanecer en sus vicios heredados tanto del dogmatismo de la izquierda tradicional (la creencia frágil en la democracia; el sectarismo; el rechazo casi instintivo al mercado; la justificación de formas de lucha que no respetan la ley), como de lo peor de la cultura del nacionalismo revolucionario: el corporativismo como forma privilegiada de relación con la sociedad y el patrimonialismo como forma de ejercer el poder, además del dogma de un nacionalismo a ultranza.

Pero identificar los rasgos ideales y viables de esa nueva izquierda es terriblemente complejo y dudo que alguien tenga la respuesta. Se trata de reinventar en serio y a fondo su oferta programática (cuánto mercado, cuánto Estado, cuánta sociedad; que políticas económicas y sociales novedosas y eficaces y en qué orden o prioridad) y de redefinir por completo las características del partido, sus estructuras y reglas internas que impidan la perpetuación de sus costumbres y prácticas sectarias y antidemocráticas.

Ello con el objetivo de convertir a la izquierda en una verdadera alternativa de poder, lo que implica que logre atraer a segmentos de la población mucho más amplios que los que ha conseguido hasta la fecha. El voto duro del PRD ha oscilado entre 15 y 20 por ciento. López Obrador lo incrementó dos veces al doble, pero esos sufragios extras no son fieles a la izquierda; se trata del electorado apartidista que busca la mejor opción o al candidato más carismático y que sin tener una clara preferencia partidista, desea gobiernos eficaces y honestos; más cercanos a la gente y preocupados por la sociedad y no por el gobierno y los partidos.

La participación del PRD en el Pacto por México fue un paso muy importante para modificar la estrategia política de ese partido. Al hacerse partícipe del mecanismo de co-gobierno (participar en la definición de la agenda legislativa y votar las reformas lo hizo corresponsable del gobierno) ganó mucho: su imagen como un partido dedicado a ser oposición ineficaz y testimonial comenzó a dejarse atrás; se plantó frente a la sociedad como una organización con propuestas y no solo con el rechazo a las iniciativas de los otros, sin alternativas.

Sin embargo, la posición irreductible y maximalista que ha adoptado en la reforma energética —su negativa a cualquier participación privada en la industria petrolera, convertida en una especia de dogma intocable, el cual implica la defensa a ultranza de un monopolio estatal indefendible— junto con el temor de perder simpatías de sus bases electorales (en disputa entre el PRD y Morena) sustentado en el supuesto de que si se mueve al centro con respecto a la posición de López Obrador, éste vaciará al PRD, fueron las causas de fondo por las cuales abandonó el Pacto.

Es probable que en términos tácticos —que Los Chuchos no pierdan la presidencia del PRD en la elección de principios de 2014— esa decisión sea correcta. Pero si se trata de una decisión estratégica —regresar a ser una oposición radical e intransigente, para mantener la mayor parte de su base electoral tradicional (10 o 12 de los 18 puntos porcentuales de votación y que Morena se quede solo con 6 por ciento)—, creo que el resultado no será bueno en el mediano plazo.

El error está, desde mi punto de vista, en disputarse 18% del electorado (es lo que la visión y estrategia tradicional le han dado a la izquierda) y no querer ir por el 35 o 40% que se necesita para llegar a Los Pinos. Si quieren esto último, entonces tendrán que alejarse de la izquierda populista, conservadora y personalista que ahora representa Morena (¡vean Venezuela!). Ello implica, por un lado, perder algunos puntos porcentuales de sus electores fieles, pero por el otro les abre la posibilidad de atraer nuevos segmentos sociales. También pasa por despojarse de dogmas y prácticas que alejan a los ciudadanos que buscan propuestas imaginativas, viables y eficaces, que resuelvan los problemas de una economía que no distribuye ni produce riqueza suficiente y de la seguridad ciudadana y la debilidad del estado de derecho (temas que la izquierda nunca ha considerado prioritarios).