Doble mirada

2016, ¿año de inocentadas?

Hace varios años algunos periódicos se animaron a hacer bromas a sus lectores los 28 de diciembre, con motivo del Día de los Inocentes, publicando en una falsa primera plana noticias y acontecimientos chuscos e improbables. Mientras los hechos reseñados fueran más alejados de la realidad y contradictorios con lo esperable, mayor la sorpresa. Por esa razón, la capacidad de los editores de imaginar sucesos inesperados, opuestos al sentido común y a las verdades convencionales e históricas, era fundamental para hacer una buena “primera plana” del Día de los Inocentes. El éxito fue enorme. Después de dos o tres años, cuando se volvió costumbre la falsa primera plana del Día de los Inocentes, perdió interés y ya nadie lo hace.

Pues resulta que en 2016, la realidad parece haberse vengado de los periodistas por su escasa y pobre imaginación. Un recuento de eventos ocurridos este año que está por terminar nos confirma, una vez más, que la realidad sobrepasa la imaginación y que todo 2016 ha sido una broma peor, mucho peor, que las inocentes de los 28 de diciembre.

Comencemos por el ya más obvio de todos: el triunfo de Donald Trump. Ya está dicho prácticamente todo sobre la improbabilidad de que un tipo cercano al fascismo se convirtiera en presidente de EU, pero las consecuencias probables de su estancia al frente de la Casa Blanca parecen todas bromas terriblemente crueles: el reinicio de la carrera nuclear; el fortalecimiento del nacionalismo y proteccionismo en el país más abierto y promotor del libre comercio y, por tanto, el riesgo de la desintegración de Norteamérica como región económica y geopolítica; el banderazo a los odios raciales, religiosos y étnicos en una nación que ha sido ejemplo de apertura a la migración de todo el planeta. Y todo ello después de haber electo y reelecto a un presidente negro en ese país, es decir, cuando se pensaba que la tolerancia y la pluralidad se abrían paso después de décadas de segregacionismo y racismo.

¿Quién hubiera imaginado que 2016 sería el año inaugural de la “postverdad” (libre traducción de post-truth), cuyo significado, según el Oxford English Dictionary, “denota circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”. En otras palabras, que la realidad ya no importa, que los candidatos pueden mentir abierta y descaradamente, que al cabo los electores, enojados y dominados por sus hígados, no harán caso de los hechos, de las verdades objetivas. En el pecado llevarán su penitencia, pero no deja de parecer broma cruel, otra vez, de la realidad que engaña a la gente con la contrarrealidad.

Y en México, ¿qué decir? ¿Quién se iba a imaginar los extremos a los que llegó la corrupción en los estados gobernados por la nueva generación de priistas, la del cambio y la modernización del PRI, ocurrida en épocas de la transparencia, de la libertad de expresión sin cortapisas y de la alternancia democrática, de partidos de oposición (¿será?) que tienen acceso a los mecanismos de supervisión y control del Poder Legislativo? Y si pensamos en la violencia homicida del crimen organizado, que ha vuelto por sus fueros, pese a esa maravillosa estrategia fundada en la piedra filosofal de la “coordinación real y eficaz” entre los niveles de gobierno, nos llevaremos una sorpresa descomunal.

Ojalá y las bromas del Día de los Inocentes las siguieran haciendo los periodistas en sus primeras planas falsas.