Doble mirada

Y también la confianza

Es importante que las explicaciones que den los funcionarios de la SHCP sean sólidas, convincentes y muestren sensibilidad política con los sectores afectados. Deben reposicionar la credibilidad.

No debe ser fácil para los funcionarios de la SHCP estar dedicados a la poco agradable tarea de explicar por qué la economía no evoluciona, por segundo año consecutivo, como ellos dijeron que lo iban a hacer. El asunto se vuelve más complicado cuando no hay una crisis económica internacional o factores externos a los cuales responsabilizar del mediocre y decepcionante desempeño del aparato productivo nacional. Todos los ojos se vuelven hacia ellos y a los factores internos.

Conducir la economía —es decir, diseñar y aplicar exitosamente políticas que faciliten y potencien la generación de riqueza y encuentren mecanismos eficaces para distribuirla de la mejor manera posible— es, en gran medida, una tarea técnica. También tiene un componente político muy relevante, pero es un hecho que sin la técnica de los economistas, financieros, empresarios, etcétera, sería imposible conducir adecuadamente la economía de un país.

Cuando los expertos en esta materia —terriblemente trascendente para toda la sociedad, pues se trata de su subsistencia y de sus probabilidades de un futuro mejor— se equivocan dos veces en tan poco tiempo, además de las consecuencias en términos económicos (menor riqueza creada, más economía informal, más jóvenes excluidos, etcétera) aparece otro saldo negativo, menos tangible pero también de enorme trascendencia: se destruye la confianza en los expertos y en su jefe; la credibilidad se desploma.

Y los buenos economistas saben que, en el fondo, toda la economía se soporta en la confianza, aunque esta variable sea tan intangible y poco medible e incorporable en las ecuaciones econométricas. Pero aunque en las teorías económicas que aprendieron no le hubieran dado la importancia que merece la confianza, el hecho de estar en puestos técnicos que también son políticos (ser secretario o subsecretario de Estado implica necesariamente por lo menos un poco de experiencia y sensibilidad política) les debería alertar sobre el hecho de que explicar las razones del mal comportamiento económico tiene que ver no solo con la técnica, sino sobre todo con la credibilidad y la confianza, que son variables fundamentales para su buen desempeño.

A la compleja situación técnica que impide a nuestra economía crecer lo que demanda la sociedad, en los últimos meses se debe añadir el problema de las expectativas negativas de los empresarios y consumidores, generadas por varias razones. La primera, la mala conducción económica que derivó en un raquítico crecimiento en 2013 (1.1%); segundo, una reforma fiscal que impactó bolsillos, contrajo el consumo privado y redujo incentivos a la inversión y, tercero, el nuevo desplome de las expectativas de crecimiento para 2014.

El problema se agrava, pues en los datos del comportamiento económico de este año hay indicios para pensar que las expectativas negativas y la desconfianza del sector privado y de los consumidores en las autoridades económicas y en el futuro de la economía han comenzado a impactar los niveles de consumo e inversión, que son los dos motores más importantes del crecimiento económico. Su contribución es de alrededor de 60% del PIB; los otros dos son las exportaciones y el gasto público. La afectación hasta ahora parece ser leve, pero si el fenómeno no es tomado en cuenta y solucionado, en los próximos meses las malas expectativas y la desconfianza pueden convertirse en una profecía que se autocumple.

Por eso es muy importante que las explicaciones que den los funcionarios de la SHCP sean sólidas técnicamente, convincentes para los inversionistas y muestren sensibilidad política con los sectores afectados. Deben reconstruir la confianza. Sin embargo, cada vez es más frecuente escuchar quejas de parte de los empresarios (en círculos cada vez más amplios y en tonos cada vez más fuertes) acerca de la arrogancia y cerrazón del secretario de Hacienda. Es probable que no todas las quejas y demandas empresariales sean sensatas y pertinentes, pero la generalización de ese juicio contra el responsable de la política económica no debiera ser un asunto anecdótico. No lo es.

Bill Clinton, cuando de ganar elecciones se trataba, decía: “Es la economía, estúpido”. Se podría añadir: “y también la confianza”.