Doble mirada

¿Sana cercanía igual a dedazo?

La verdad de Perogrullo más grande y obvia en materia electoral es que la unidad de un partido político es condición necesaria, no suficiente, para ganar. En el caso del PRI, su unidad no depende únicamente de que se pongan de acuerdo sobre un programa de gobierno y luego sobre un nombre, para usar los términos del discurso del presidente Peña Nieto en la reunión del Consejo Político de su partido. Hay un elemento adicional muy complejo: la relación entre el Ejecutivo y el PRI. ¿Qué tanto deben estar unidos y qué tanto separados? No hay respuesta única. Zedillo intentó la "sana distancia" y aquello fue un desastre; Peña Nieto se refirió a la "sana cercanía" y están por verse sus resultados.

No es un secreto que la popularidad del actual mandatario es la más baja de cuantos presidentes han pasado por Los Pinos desde que hay encuestas, y ese no es un dato que favorezca la cercanía. ¿Quién quiere estar cerca, en un proceso electoral, de una figura política con tanto rechazo social? ¿Quién quiere respaldar su propuesta de cambio para el país con la palabra de un gobernante al que la mitad de la población no le cree nada y 40 por ciento le cree poco?

El recibimiento a Peña Nieto en la reunión priista el domingo pasado pudo ser muy cálido. Seguro que así fue. Sin embargo, también se sabe que siempre es muy fácil armar un evento protegido. Recuérdese el 15 de septiembre, cuando controlaron la entrada al Zócalo de Ciudad de México para que durante el festejo del grito de la independencia no hubiera ningún coro que desentonara con el ambiente festivo, y lo lograron. Así, no hay que engañarse con el entusiasmo mostrado por los asistentes a la reunión del consejo. Fue escenografía para los medios, porque lo real en amplios sectores del PRI son las dudas sobre la conveniencia de esa cercanía. No por nada en las elecciones de junio pasado, en ninguna campaña priista aparecía la imagen ni se mencionaba al presidente Peña.

Sin embargo, esos mismos miembros del PRI saben que no solo deben estar unidos, sino también parecerlo, pues una ruptura no le conviene a nadie considerando el poder que conserva el presidente Peña, y que un presidente sin su partido se hace más débil. El problema es qué tanta cercanía y qué tanta distancia.

La máxima cercanía significaría que Peña Nieto designa unilateralmente al candidato a la Presidencia, el cual no sea del agrado de una parte considerable del partido y, si bien no se salen, recurren a lo que en otras ocasiones han hecho: huelga de brazos caídos. Se la hicieron a Roberto Madrazo. La máxima distancia sería que grupos inconformes articulen un movimiento de tal fuerza que el candidato presidencial no sea del grupo cercano a Peña Nieto bajo el supuesto que si éste nombra a uno de sus allegados perderían la elección.

En medio, varias posibilidades. Lo importante es que cualquiera que sea la fórmula elegida para la designación del candidato, lo hagan con un mínimo de consenso, pues de lo contrario el escenario más probable sería que Peña designe y muchos del PRI se vayan a la huelga de brazos caídos. El Presidente le pidió tiempo a su partido y a los precandidatos. No será fácil encontrar una fórmula que combine la tradición del dedazo con los nuevos tiempos de competencia —los cuales requieren candidatos competitivos y legitimados desde el inicio— que sugieren el uso de algún mecanismo más abierto y democrático. Cuando lo hicieron, en la elección del 2000, no les funcionó muy bien. Mientras Peña decide si renuncia o no a su prerrogativa, los no peñistas tratarán de fortalecerse para forzarlo a abrir el procedimiento. ¿Quién ganará?