Doble mirada

El cártel de Jalisco "Nueva Generación" se suicida

El cártel de Jalisco "Nueva Generación" no aprendió la lección de que retar al Estado significa su pronta desaparición. Si toma uno, dos o tres años, dependerá de la eficacia de la estrategia del gobierno, pero ya firmó su sentencia de muerte.

Los bloqueos, incendios y ataques a las autoridades (incluido el derribamiento de un helicóptero del Ejército) realizados por el cártel de Jalisco Nueva Generación la semana pasada fueron probablemente el mayor despliegue de fuerza hecho por una organización criminal en nuestro país en lo que va del combate al crimen organizado. No es poca cosa, considerando todo lo que ha hecho el narcotráfico en los últimos ocho años.

Si a ello se suman tanto las emboscadas recientes a policías federales y estatales, como las decenas de asesinatos de funcionarios públicos jaliscienses en los dos últimos años, no hay duda de que Nueva Generación, además de demostrar su poderío, ha optado por una estrategia de claro y abierto enfrentamiento al Estado. Tendrá conflictos con otras organizaciones vecinas, pero escogió al Estado como su principal adversario.

No obstante el enorme impacto mediático alcanzado y a la reputación ganada de ser ahora, según algunas agencias de EU, la organización del narcotráfico más poderosa y violenta (¿quién puede medir eso con precisión?), su decisión de confrontar al Estado de esa manera es un grave error de los criminales.

A diferencia de lo ocurrido con las organizaciones de los Beltrán Leyva, los Templarios y los mismos Zetas, cuya desarticulación ha derivado en su fragmentación en bandas pequeñas o medianas y extremadamente violentas, dedicadas fundamentalmente a la extracción de rentas sociales (extorsión y secuestro) y al narcomenudeo, Nueva Generación se consolida como una organización dedicada fundamentalmente a la producción y exportación de drogas, actividad mucho más rentable.

Ello le permite financiar una organización grande, incluido un cuerpo paramilitar bien organizado, entrenado y armado, que ha demostrado gran eficacia operativa. Es probable que la bonanza del negocio (exportan coca y metanfetaminas a EU y a Asia), sus “éxitos militares”, la publicidad y reputación que han ganado, y el desconcierto y enojo gubernamental que han producido, le esté haciendo perder perspectiva a El Mencho. Retar y enfurecer a todas las fuerzas estatales y federales al mismo tiempo es un suicidio. Y eso es lo que acaba de hacer Nueva Generación.

Por más capacidad militar y disposición a la violencia que tenga; por más que agencias de EU  aseguren que es el cártel más poderoso; por más que hayan demostrado coordinación, puntería, exhibido cohetes lanzagranadas y un despliegue territorial en cuatro estados, no tienen ninguna posibilidad de sobrevivir a una embestida sistemática, bien diseñada y aplicada por parte del Estado mexicano.

Mientras haya una enorme demanda de drogas en nuestro vecino del norte, en México habrá quien las produzca y exporte. En esa medida, el narcotráfico no desaparecerá, a menos que se legalice. Sin embargo, que el fenómeno persista no significa que las organizaciones dedicadas a ello sean invencibles. De las que se formaron en la década de los 90 y 2000 (Tijuana, Juárez, Sinaloa, Golfo, Zetas, La Familia, Beltrán Leyva, Templarios) todas, con excepción de Sinaloa, desaparecieron producto de la lucha emprendida por el Estado.

Nueva Generación es la primera organización de narcotráfico como tal, de una segunda generación, la posterior a la lucha del Estado. Sin embargo, no aprendió la lección de que retar al Estado de esa manera significa su pronta desaparición. Si toma uno, dos o tres años, dependerá de la eficacia de la estrategia del gobierno, pero ya firmó su sentencia de muerte. La violencia y la arrogancia no son buenas consejeras.