Doble mirada

Las apuestas de Anaya y Beltrones

La renovación casi simultánea de las dirigencias de los tres partidos impactará en esos factores de triunfo o derrota.

El saldo de las elecciones de junio pasado para PAN, PRI y PRD fue malo. En conjunto perdieron 15 puntos porcentuales de la votación respecto a 2012, los cuales se fueron a los partidos pequeños. A ello hay que sumarle otro porcentaje perdido entre 2000 y 2012. Si en la elección de 2000 juntos obtuvieron 90% del total de sufragios, en junio pasado apenas llegaron a 60%. En otras palabras, creció el repudio a los tres principales partidos. El PRI, el partido más fuerte electoralmente, no llegó ni a 30%. 

Los ciudadanos prefirieron de manera creciente a partidos menos desprestigiados y, donde se pudo, optaron por candidatos independientes. Sin cambios radicales en PAN, PRI y PRD, es muy probable que su tendencia a debilitarse continúe. Para ganar en 2016 y 2018 requerirían, por lo menos, tres cosas: a) mantenerse unidos, pues divisiones o fracturas serían mortales; b) aliarse con la mayor cantidad de partidos y, c) reposicionarse —vía candidatos atractivos, ofertas novedosas y prácticas políticas éticas de verdad— frente al creciente segmento de ciudadanos desencantados con la política, para que en vez de abstenerse o de votar por un “independiente”, les den de nuevo su voto.

La renovación casi simultánea de las dirigencias de esos tres partidos impactará en esos factores de triunfo o derrota. En el caso del PAN, el primer reto de Ricardo Anaya —cuya presidencia estará legitimada por el proceso democrático— será superar por completo las divisiones internas y encabezar un liderazgo incluyente, pues si deja fuera a los calderonistas y a los seguidores de Corral de los puestos directivos del partido y de la bancada en la Cámara de Diputados, no solo seguirá arrastrando asomos de fracturas o deserciones, sino que debilitará su capacidad de conducción.

Anaya forma parte de una nueva generación y eso facilita, pero no asegura, la reconexión con los ciudadanos desencantados y los jóvenes. Por eso será más complicado renovar la oferta programática de manera concreta (no solo los qué, sino también los cómo) y creíble (con respaldo en acciones y no solo de discurso; por ejemplo, si promete honestidad tendría que castigar a corruptos de su partido). Sin un reposicionamiento sólido y rápido ante la sociedad, será muy difícil convocar nuevos liderazgos sociales y políticos, que eventualmente se conviertan en candidatos atractivos. Sin éstos, las alianzas serán indispensables para obtener resultados no tan malos el próximo año.

En el caso del PRI, que Manlio será un líder fuerte que mantenga la unidad de ese partido no cabe la menor duda. Los signos de inconformidad de grupos y personalidades del PRI con la conducción de los asuntos del país por parte del Presidente y su equipo cercano (por las consecuencias electorales que tendría para el PRI la mala marcha de la economía, la corrupción y la seguridad) serán uno de los temas delicados que Beltrones sabrá procesar. Lo que no queda claro es la capacidad priista de renovarse frente a una ciudadanía harta de las viejas prácticas políticas.

La forma como llega Manlio Fabio a la dirección de su partido (dedazo, cargada, besamanos) no abona a la imagen de un PRI dispuesto a una nueva forma de ejercer el poder y, en esa medida, difícilmente atraerá a esos ciudadanos insatisfechos. Su apuesta será (salvo una sorpresa mayúscula) mantener y ampliar sus clientelas por vías tradicionales (sacos de cemento y Tv digitales) más las alianzas con partidos claramente no interesados en transformar la política, sino en servirse de ella, léase el PVEM.