Doble mirada

Lo que aprendimos

No se puede gobernar de espaldas a la realidad. La seguridad es el problema más importante para la sociedad, pero el gobierno no lo valoró así.

El año 2014 deja lecciones muy importantes, unas viejas y olvidadas, otras nuevas, pero todas, verdades de Perogrullo. Enumero algunas de las que me parecen más relevantes.

1. Ni el gobierno ni la clase política tienen el control total de la agenda de un país. El año comenzó con una agenda —completar las reformas económicas estructurales e iniciar su instrumentación— y terminó con otra, aún poco precisa, pero diferente: seguridad, no impunidad, fin a la corrupción; estado de derecho en pocas palabras.

2. No se puede gobernar de espaldas a la realidad. La seguridad es el problema más importante para la sociedad, pero el gobierno no lo valoró así; creyó que la inseguridad y lo que había detrás de ella (un crimen organizado poderoso y violento, un Estado débil y omiso en materia de seguridad y justicia; colusión de la política con el narco) no eran fenómenos graves, que podían ser minimizados con una política de comunicación de bajo perfil y mucha coordinación.

3. La corrupción sí importa. Este fenómeno es ancestral y la sociedad ha sido muy tolerante con ella. Por ello, políticos y gobernantes de los tres órdenes y de todos los partidos pensaron que podrían seguir practicándola sin freno, incluso con mayor descaro, y que las promesas de una nueva modernidad harían que la gente siguiera considerándola como un mal menor. Falso.

4. La política está llena de paradojas y contrastes brutales. Justo después del mayor proceso de colaboración entre partidos y gobierno, que dio por resultado un conjunto de reformas de enorme trascendencia (democracia funcional), la política se revela como una de las cosas más podridas: la colusión cínica y escandalosa con el crimen organizado y la corrupción sin freno por todos lados (democracia disfuncional que no impide la privatización del servicio ni de los recursos públicos).

5. Las crisis no se anuncian, estallan, y los analistas ni los políticos las prevemos. ¿Quién pensaba que 2014 terminaría en medio de una severa crisis política? Nadie. La crisis parece ser producto de la combinación de varios factores: Ayotzinapa, las casas blancas, las calles inundadas de un reclamo por el fin de la impunidad (vándalos incluidos), el deficiente manejo gubernamental de esos tres fenómenos y, como trasfondo, un descontento social por el mal desempeño económico de dos años. Muchos analistas señalamos la existencia de algunos de esos fenómenos. Ninguno anticipó que se combinarían y que darían lugar a una crisis que descarrilaría al gobierno y pondría en jaque a las instituciones políticas. Es fácil decir, a toro pasado, que la pradera estaba seca, pero nadie sabe cuándo el cerillo (ni cuál de los muchos que se encienden casi diario) la hará arder.

6. Por fin el estado de derecho se vuelve tema prioritario. La demanda central del movimiento social post-Ayotzinapa es inédita en México: fin a la impunidad, a la colusión de políticos con el crimen organizado y a la corrupción. Se trata de un reclamo masivo nuevo —la vigencia plena del estado de derecho— que cuestiona el núcleo de la cultura, las reglas y las prácticas de un sistema político que privatizó en buena medida el ejercicio y disfrute del poder. Esa cultura política no se alteró con la democratización ni con la alternancia partidista en los tres órdenes de gobierno. Todos los partidos la han ejercido. Así como a partir de los 80 el reclamo fue democracia, ahora es estado de derecho y no impunidad. Es un avance fundamental.

7. Las redes sociales confirman su carácter de actor social y político emergente. Aunque no hay mediciones cuantitativas, pienso que su papel fue fundamental tanto en la difusión de los hechos de Iguala y las casas blancas (cubrieron vacíos creados por las televisoras), como en la socialización de la indignación. Sin embargo, no son un actor consistente ni un interlocutor real para la política. Denuncian y crean estados de ánimo.

8. La sociedad se mueve, pero no propone ni se organiza. El movimiento social en las calles y las redes sociales revelaron que la sociedad existe y reclama, que está harta de esa política disfuncional y corrupta. Sin embargo, está lejos de convertirse en un interlocutor coherente y con propuestas concretas y viables que obligue a la política a transformarse.